Aislamiento, ansiedad y superación

El aislamiento es un hecho caprichoso. Nos hace enfrentarnos a nosotros mismos de manera inexorable. Irremediable. Y cuando menos cuenta nos damos descubrimos, anonadados y cabizbajos, que no nos aguantamos. Somos un conjunto de sueños rotos, decisiones no tomadas, recuerdos fugaces que constantemente nos dicen: No eres lo que quieres ser.

De la noche a la mañana el mundo entró en una debacle inesperada: una pandemia global. Temerosos, los gobiernos de distintas naciones empezaron a cerrar fronteras, a cancelar actividades, a pedir a sus habitantes que se quedaran en sus casas porque otras personas estaban empezando a morir enfermas. Personas sin nombre. Sombras que se extendían al anochecer. Y como tales, nadie las tomó en serio hasta que cayó la noche a cubrirlo todo.

La soledad es a veces la mejor compañía, y un corto retiro trae un dulce retorno.
John Milton
El infierno está todo en esta palabra: soledad.
Victor Hugo

El coronavirus cambió en horas la dinámica mundial. Estamos en un hecho que se recordará a través de la historia, no por su letalidad, sino por su golpe al ego de la humanidad. No importa que hayamos llegado a la Luna, ni que tengamos armas capaces de desaparecer países enteros en segundos, ni que podamos comunicarnos a la velocidad de la luz en toda la esfera, si viene un pequeño organismo de poco más de 100 nanometros y nos frena en seco. Nos recuerda que en este barco estamos todos juntos. Y que el que se excede, las termina pagando.

China, Estados Unidos, Italia, España, México, etc. Ahogados en la preocupación de sistemas de salud colapsando, de médicos trabajando sin descanso durante días y de sectores poblacionales vulnerables que han visto perder su sustento.

Sin una clara idea de cuando tendrá fin, las brumas se expanden en el porvenir de muchas personas. Abrazos que no se dan, palabras que no se dicen y besos que se lanzan al viento sin saber si llegaran...

La ansiedad crece. El estrés se multiplica. Las dudas hacen mella en los recovecos más inhóspitos de nuestra mente. Y nuestra seguridad, nuestro cotidiano navegar, se tambalea temeroso entre tareas que nos distraen y noticias que nos informan pero no nos tranquilizan.


El aislamiento es nuestra mejor defensa ante un enemigo que no conocemos. Contra el que no tenemos armas todavía. Del que apenas y sabemos su nombre. Pero, existe un pequeño problema: somos seres sociales. Está en nuestros genes interactuar constantemente con otras personas. Por más retraídos, cohibidos y penosos que seamos, necesitamos el contacto humano diverso y amplio de nuestra familia, pareja, amigos y conocidos.

Necesitamos espacios abiertos. Oportunidades claras. Horizontes definidos. Porque nuestra salud también es mental. Nuestro ánimo dicta nuestra agenda corporal con voz férrea e inquebrantable. Y sin él, nos caemos en una oscuridad que asfixia.

Conforme avanza nuestra cuarentena, entonces, es natural que nos sintamos un poco tristes, deprimidos, sin ganas, vacíos, aletargados, ansiosos... Ahí, busca un lugar en el mundo para ti, para detenerte un momento, cerrar los ojos y respirar. Escucharte a ti mismo. Recordar que la distancia está entre nuestros cuerpos, no entre nuestros corazones y que nuestras manos podrán no tocarse físicamente pero se sienten las unas a las otras obrando con el mismo fin.

Que ese conjunto de sueños rotos también tiene sueños enteros. Que haz tomado decisiones acertadas. Que eres no sólo un recuerdo fugaz, sino una memoria eterna fluyendo con el tiempo...

Esta soledad que nos acobija es nuestra chispa. Nuestro aliciente. Es tu yo pidiéndote que no lo olvides de nuevo, que luches por él, por tu sueño, por las personas que amas. Que la vida cambia de un día para otro...