Escribir ha sido parte de mi rutina desde que estaba en la secundaria. Recuerdo bien que llegaron para tratar de enseñarnos sobre literatura a la escuela. Honestamente, no recuerdo de donde eran, pero no eran del plantel. Llegaron y nos pidieron escribir algo, ellos sugirieron un poema y fue una de las pocas veces en que algo en el plantel educativo me llamó la atención.
Un día antes mientras veía un capítulo de Smallville me había llamado mucho la atención una frase que Lex Luthor le decía a Clark mientras estaban en un bar. Era una cita que a día de hoy he olvidado, pero no olvidé lo que me hizo sentir: curiosidad. Curiosidad por escribir, porque iba de algo así. Quise saber más.
Entonces cuando fueron a pedirnos que hiciéramos un escrito, yo ya estaba picado. Recuerdo haber escrito un poema que penosamente tuve que leer después frente a todos en el salón porque a la persona que nos lo pidió le pareció bueno. Y claro, en la secundaria a todos tus compañeros les parece super maduro que compartas tus sentimientos abiertamente.
Aún así, descubrí algo: escribir era como un superpoder. ¿Has tenido días confusos donde no sabes qué pensar? ¿O has tenido momentos donde no sabes qué hacer? ¿Has querido saber por qué sucede lo que sucede o por qué sientes lo que sientes? Escribir ayuda tanto a clarificar que estoy seguro que si la gente lo supiera, lo practicaría constantemente.
Bueno, sé que no es así, pero me gusta pensar que sí pasaría.
Me pasé noches enteras escribiendo. Noches donde estuve castigado o donde no tenía con quien salir, iba al ordenador y abría 3 cosas: MSN Messenger, Winamp y Word. Para estar en contacto con los demás y conmigo mismo. Volcaba mis emociones y pensamientos en letras y verbos. Si bien no era papel y pluma, los bits y píxeles estaban cumpliendo la misma función: exoneraba mi alma y al quedar desnudo… me redescubría.
El tiempo pasa
Pasaron los años y la vida fue cambiando. Entré en un momento de depresión donde me sentí completamente aislado. Veía a la gente a mi alrededor alejarse. Los veía ir a lugares que no me llamaban. Hacer cosas que no me gustaban. Planear salidas que no me atraían. Y los que me conocen saben que no me gusta fingir. No podía ir nomás por acompañar, la pasaría mal y los haría pasar un mal rato.
Eventualmente fui desapareciendo del mundo social. Y aunque me refugié en las letras, primero fue como un consumidor pasivo y después como un voraz hacedor de versos y rimas. Imaginaba que esta pasión que me tenía preso me llevaría un día a la cima. Y que lograría también con eso que las demás personas abrieran en sus mentes las miras hacia un mundo más empático y feliz.
Escribía en mi tristeza y mi alegría. En mi aburrimiento y en mi aislamiento. En mis días buenos y alegres y en los que no. Abrí un par de blogs para subir mis escritos. Me inscribí en varias páginas para subir poesía y cuentos. Entraba a foros para dialogar sobre el placer y el aprendizaje de los jeroglíficos modernos. Y el tiempo fue pasando y la vida fue cambiando y de repente de todo esto me fui alejando.
No es desconocido para quien se haya detenido un momento a reflexionar -o haya tenido la fortuna de ver algún artículo al respecto- de como el mundo ha ido cambiando su forma de ser. Cómo nos han ido cambiando las formas de interactuar. Como todo está a golpe de click. Si no te atrapan en el primer segundo prácticamente perdiste y quedarás en el olvido -si sigues aquí todavía leyendo es porque eres diferente-.
De la nada el mundo pasó a ser instantáneo. Y si no lo eres, no existes.
Escribir pasó a último plano. Escuela, entrenamientos, socializar -había superado el mal momento- proyectos, trabajo… todo tenía prioridad. De pronto, al escuchar la norma, me dejé de escuchar a mi mismo. La vorágine del mundo me silenció…
El olvido
Transcurrieron los años en silencio. No parecía importar. Pero siempre hay un punto de quiebre. Agradezco al azar que haya sido temprano y no en mi vejez cuando el tiempo ya ni siquiera está en contra, simplemente porque ya ni hay. Problemas, estrés y situaciones de cambio me iban llevando a donde no era. Donde no quería estar. A lo que no quería ser. Y me di cuenta que el mundo actual tiene una presión constante frente a todos nosotros con la única finalidad de bloquear realmente tu ser.
No lo digo con fines dramáticos. Ni con afanes de conspiración. Es simplemente mucho más rentable tener a la población distraída, incapaz de ser lo que quieren realmente ser, consumiendo lo que se nos da en las dosis justas -que nunca son las que necesitamos- para impedir que les quitemos lo que es nuestro, simplemente porque tienen una avaricia infinita que les hace acumular más de lo que alguna vez en sus vidas van a necesitar.
El reencuentro
Así que volví a escribir. Poco, de a momentos, entre los espacios que esta vida -que parece más una guerra- daba como tregua. Cuando podía silenciar al trabajo, a las noticias, a las deudas, a los quehaceres, a las obligaciones. Cuando no había animales en peligro, familiares en ayuda o amigos en la línea: escribí. Escribo detrás de la vorágine.
Para recuperarme a mi mismo.Para acordarme de que existo. De que siento.
Y porque siento lo que siento. Porque soy lo que soy. Y así, en medio de todo, encuentro de nuevo el silencio y la paz. Los recuperé. Son míos.
Escribir ha sido parte de mi rutina desde que estaba en la secundaria. Recuerdo bien que llegaron para tratar de enseñarnos sobre literatura a la escuela. Honestamente, no recuerdo de donde eran, pero no eran del plantel. Llegaron y nos pidieron escribir algo, ellos sugirieron un poema y fue una de las pocas veces en que algo en el plantel educativo me llamó la atención.
Un día antes mientras veía un capítulo de Smallville me había llamado mucho la atención una frase que Lex Luthor le decía a Clark mientras estaban en un bar. Era una cita que a día de hoy he olvidado, pero no olvidé lo que me hizo sentir: curiosidad. Curiosidad por escribir, porque iba de algo así. Quise saber más.
Entonces cuando fueron a pedirnos que hiciéramos un escrito, yo ya estaba picado. Recuerdo haber escrito un poema que penosamente tuve que leer después frente a todos en el salón porque a la persona que nos lo pidió le pareció bueno. Y claro, en la secundaria a todos tus compañeros les parece super maduro que compartas tus sentimientos abiertamente.
Aún así, descubrí algo: escribir era como un superpoder. ¿Has tenido días confusos donde no sabes qué pensar? ¿O has tenido momentos donde no sabes qué hacer? ¿Has querido saber por qué sucede lo que sucede o por qué sientes lo que sientes? Escribir ayuda tanto a clarificar que estoy seguro que si la gente lo supiera, lo practicaría constantemente.
Bueno, sé que no es así, pero me gusta pensar que sí pasaría.
Me pasé noches enteras escribiendo. Noches donde estuve castigado o donde no tenía con quien salir, iba al ordenador y abría 3 cosas: MSN Messenger, Winamp y Word. Para estar en contacto con los demás y conmigo mismo. Volcaba mis emociones y pensamientos en letras y verbos. Si bien no era papel y pluma, los bits y píxeles estaban cumpliendo la misma función: exoneraba mi alma y al quedar desnudo… me redescubría.
El tiempo pasa
Pasaron los años y la vida fue cambiando. Entré en un momento de depresión donde me sentí completamente aislado. Veía a la gente a mi alrededor alejarse. Los veía ir a lugares que no me llamaban. Hacer cosas que no me gustaban. Planear salidas que no me atraían. Y los que me conocen saben que no me gusta fingir. No podía ir nomás por acompañar, la pasaría mal y los haría pasar un mal rato.
Eventualmente fui desapareciendo del mundo social. Y aunque me refugié en las letras, primero fue como un consumidor pasivo y después como un voraz hacedor de versos y rimas. Imaginaba que esta pasión que me tenía preso me llevaría un día a la cima. Y que lograría también con eso que las demás personas abrieran en sus mentes las miras hacia un mundo más empático y feliz.
Escribía en mi tristeza y mi alegría. En mi aburrimiento y en mi aislamiento. En mis días buenos y alegres y en los que no. Abrí un par de blogs para subir mis escritos. Me inscribí en varias páginas para subir poesía y cuentos. Entraba a foros para dialogar sobre el placer y el aprendizaje de los jeroglíficos modernos. Y el tiempo fue pasando y la vida fue cambiando y de repente de todo esto me fui alejando.
No es desconocido para quien se haya detenido un momento a reflexionar -o haya tenido la fortuna de ver algún artículo al respecto- de como el mundo ha ido cambiando su forma de ser. Cómo nos han ido cambiando las formas de interactuar. Como todo está a golpe de click. Si no te atrapan en el primer segundo prácticamente perdiste y quedarás en el olvido -si sigues aquí todavía leyendo es porque eres diferente-.
De la nada el mundo pasó a ser instantáneo. Y si no lo eres, no existes.
El olvido
Transcurrieron los años en silencio. No parecía importar. Pero siempre hay un punto de quiebre. Agradezco al azar que haya sido temprano y no en mi vejez cuando el tiempo ya ni siquiera está en contra, simplemente porque ya ni hay. Problemas, estrés y situaciones de cambio me iban llevando a donde no era. Donde no quería estar. A lo que no quería ser. Y me di cuenta que el mundo actual tiene una presión constante frente a todos nosotros con la única finalidad de bloquear realmente tu ser.
No lo digo con fines dramáticos. Ni con afanes de conspiración. Es simplemente mucho más rentable tener a la población distraída, incapaz de ser lo que quieren realmente ser, consumiendo lo que se nos da en las dosis justas -que nunca son las que necesitamos- para impedir que les quitemos lo que es nuestro, simplemente porque tienen una avaricia infinita que les hace acumular más de lo que alguna vez en sus vidas van a necesitar.
El reencuentro
Así que volví a escribir. Poco, de a momentos, entre los espacios que esta vida -que parece más una guerra- daba como tregua. Cuando podía silenciar al trabajo, a las noticias, a las deudas, a los quehaceres, a las obligaciones. Cuando no había animales en peligro, familiares en ayuda o amigos en la línea: escribí. Escribo detrás de la vorágine.
Para recuperarme a mi mismo.Para acordarme de que existo. De que siento.
Y porque siento lo que siento. Porque soy lo que soy. Y así, en medio de todo, encuentro de nuevo el silencio y la paz. Los recuperé. Son míos.

Diego Arquieta
Ingeniero, fotógrafo, escritor, lector, autodidacta, deportista.
Nací en Monterrey, México y desde pequeño he tenido una curiosidad insaciable, de ahí nace mi autodidactismo más puro, al necesitar constantemente aprender de todo.
Mis gustos son extremadamente variados, desde los cómics hasta Nietzsche; desde senderismo en la montaña hasta desarrollo web.
Busco en la vida una incesante mejora y la oportunidad de vivir nuevas y mejores aventuras mientras ayudo al mundo al lado de Belinda.