Hace poco platicaba con unos amigos acerca de escenarios casi imposibles. Ya sabes, cuando te pones a fantasear con alguien de si ganaras la lotería o si pudieras hacer algo que siempre soñaste y demás.
Entre esos temas estaba el de si te irías a vivir a otro lado, otro estado, otro país. No es raro que pensaran que diría Islandia, honestamente. Y sin duda, fue una de las imágenes que más fuerte vi en mi cabeza: recorrer de nuevo esos caminos con el mar infinito de un lado mientras el sol va cayendo e ilumina de frente a las montañas en el fondo, sin ningún otro sonido más que el del planeta resonando, hablando, diciendo que este es un buen lugar.
Pero no. No me iría de México, al menos no ahorita. Y la razón es simple: aquí vive mi gente. Mis amigos, mi familia -y mis animales, muchos de los cuales no sobrevivirían allá-. La respuesta les dejó perplejos. ¿La razón de que no te vayas es la gente? Todos me consideran un antisocial de algún modo. Que no tolero a la gente. Que prefiero estar solo.
Pero los matices reales son los que escapan a la vista de la mayoría.
Hace poco les compartía en redes sobre la diferencia entre ver y observar que menciona Sherlock Holmes en “Escándalo en la Bohemia”, pero para que entren en contexto se los pongo de nuevo aquí:
“ ¿Cuántos escalones hay en el 221B de Baker Street?
como un ejemplo de instruir al buen doctor entre la diferencia de ver y observar. Watson dice: Cuando te oigo dar tus razones -aclara- la solución aparece para mi tan ridículamente
simple que podría encontrarla fácilmente yo, aunque, con cada explicación que vas dando me encuentro completamente desconcertado hasta que no terminas de explicarla.
Y aún así, creo que mis ojos son tan buenos como los tuyos.
Efectivamente -le responde Holmes- Tú ves, pero no observas. La diferencia es clara. Por ejemplo, tú has visto frecuentemente los peldaños que te dirigen desde el salón
hasta este cuarto.
-Bastante seguido.
-¿Qué tantas veces?
-Algunos cientos de veces.
-Entonces, ¿cuántos hay?
-¿Cuántos? No lo sé.
-¡Efectivamente! Tú no has observado, y sin embargo, has visto. Ese es mi punto. Ahora, para que sepas, sé que hay 17 peldaños, porque yo he visto y observado
¿Creen que un antisocial estaría formando grupos de lectura? ¿Equipos de cuerda? ¿Que estaría armando proyectos para dar asesorías? ¿Que invitaría constantemente a reuniones y salidas?
Claro que no. Me gusta la gente y me gusta convivir. Pero es cierto que me desespero fácil cuando la realidad no acompaña la expectativa. Y no me refiero a que el plan y la convivencia no está saliendo al máximo, no. Sino al mero hecho de que las personas no sean egocentristas y groseras.
Aquí puedo ver al lector que me conoce en persona arquear las cejas: ¿Nosotros groseros y egocentristas?. Claro. Es algo muy común en el contexto cultural donde hemos crecido, el hacer cosas nosotros e ignorarlas pero notarlas si lo hacen los demás.
Mi lenguaje altisonante y sinceridad directa se toma muchas veces por grosero y mamón, cuando simplemente es una manera de no mentir. De no dejar las cosas a media tinta. De establecer seguridad. No es por ofender, pero la mayoría de la gente no entiende que este tipo de vocabulario no es una ofensa. (Si esto es realmente una molestia es fácil de arreglar cuando la sinceridad existe y se expresa: "Oye, a mi no me gusta ese lenguaje, si me molesta." Cambiar el diálogo a uno más aceptable entonces es una prioridad. Somos diferentes y lo entiendo.)
Maldecir situaciones, objetos, vivencias y demás no es un ataque a la persona, es meramente una expresión. Decir: “¡Vaya pendejada lo que te pasó!” no es decirte pendejo, es simplemente que la situación lo fue. Y en este terreno se dan muchas confusiones.
Entre ellas la que me desespera: ser mentiroso, ser soberbio, creído, egocentrista. No digo que lo hagan adrede y conscientemente -al menos la mayoría- pero lo hacen.
Y es algo recurrente y común, en gran parte porque se nos ha educado de esa manera.
Cuando dialogando con alguien afirma cosas que no sabe, es claramente una mentira. No sólo eso, sino la soberbia de creerse inmune al error. El desinterés de querer informar correctamente. Cuando mienten las personas, es claramente un insulto, no sólo hacia mí, sino hacia la relación y todo lo que conlleva, aún siendo en temas banales.
Las mentiras estructuran un ambiente frágil y quebradizo donde saber cuando se está hablando con la verdad se vuelve trabajoso y cansado. No hay nada de malo en admitir que no sabemos algo o que estamos dudando, por más que nuestra sociedad lo quiera hacer ver así. Aún y cuando quedemos igual, en el admitir el desconocimiento del hecho de la plática, al menos el ambiente y nuestra interacción se mantiene honesta y cristalina.
Para explicarme mejor daré un ejemplo: Imagina a dos personas dialogando sobre algún remedio casero. Uno trae la presión social de bajar de peso y el otro le recomienda beber agua con limón en ayunas. “¿Ayuda eso?” Pregunta el primero y el segundo afirma rotundamente: “¡Claro que ayuda! Lo vi en un tiktok” -o cambie aquí a su red de información preferida-.
Pero, ¿esa persona realmente tiene el conocimiento para afirmar lo que acaba de decir? ¿Ha visto resultados en alguien? ¿Comprende el mecanismo de acción de lo que ha dicho?
Lo más probable es que las respuestas sean siempre no. -spoiler alert: No funciona-
“Oye Diego” -me han dicho antes- “pero no me voy a poner a investigar a fondo todo lo que digo. Lo que escucho y me dicen. No tendría tiempo para nada más” En el mundo actual tenemos la información de toda la humanidad al alcance de unos segundos y unos toques de dedo, pero realmente es poca la gente que hace uso de ello.
Y no, no podríamos como quiera validar todo, pero re imaginemos la escena de otra manera, más sincera y sin “insultos”:
El amigo con la presión social de bajar de peso se lo comenta al otro, el cual le vuelve a decir del consejo del agua con limón, pero ahora lo explica así: “Podrías intentar beber agua con limón en ayunas. Vi por ahí que ayuda, aunque no estoy seguro la verdad. No pierdes nada con intentarlo o buscar si sirve.”
¿Ven el cambio? Admitir que uno no sabe sobre la veracidad de lo que está hablando no impide que se comunique, pero estrecha una relación honesta. No estás jugando con mis sentimientos pues admites que es algo que desconoces, pero querías decirlo. Si no funciona, no pasa nada. Si funciona, agradezco el consejo. Pero es muy diferente al admitirlo como verdad.
Es al mismo tiempo muy común que la atención que prestamos se pierda si el tema no es de interés personal directo. “Pero Diego” -me han dicho también- “No tengo porqué seguir una plática que no me interesa y en la que no tengo nada que aportar.”
Pero no todos tenemos los mismos intereses. Ni el mismo conocimiento. Y aún así, siempre tenemos algo que aportar: nuestra compañía y empatía. Escuchar a las personas que queremos fortalece la relación entre ambas. Es cierto que puede volverse difícil cuando los temas no fluyen igual entre las personas, pero es preferible un pequeño esfuerzo, mantener la conversación y si se extiende entonces sí explicar que se prefiere otro tema, a simplemente guardar silencio e ignorar al que habla.
Contestar con un “simplemente no tengo nada que decir” demuestra no solo desconocimiento, sino desinterés. Y si no hay interés, ¿qué hacemos siendo amigos? Pero estos tipos de faltas son menos visibles. Implican ausencia de actos. Implican silencio.
Se ven “menos ofensivos” pero duelen igual o peor, pues llevan consigo un matiz de deshonestidad: no te digo realmente lo que sucede porque no quiero líos, aun cuando puede mejorar nuestra relación.
Suena bastante incongruente cuando se dice que esto sucede así para evitar conflictos, pero después se la pasan peleando por todo: por el equipo de fútbol, por el lugar de la cama, por los quehaceres, por la película a ver, etc.
Me da gusto ver a la gente que quiero. Saber qué han hecho en sus vidas, ayudarles en sus problemas y festejar sus logros. Al final de todo, habremos pasado tiempo en este planeta de la mejor manera: conviviendo con lo que amamos. Y más que una excusa, es realmente una explicación, lo difícil que se vuelven las relaciones humanas cuando la ceguera para con las situaciones termina nublándolo todo.
En ocasiones me han dicho explícitamente que mi lenguaje y mis maneras no son cómodas. Que molestan. Y la crítica es bien recibida: comprendo lo que hago y digo. Entiendo el posible malentendido. ¿Pero cómo explicas que el silencio y la indiferencia hacen el mismo o mayor daño? Somos seres que no nos gusta admitir errores ni culpas y he visto que cuando expreso este problema lo único que obtengo son excusas e inventos: malinterpretaste el silencio, no quise mentir -aunque afirmé cosas que desconozco-, estaba cansado y por eso no puse atención, etc.
Este post, más que una queja, es una expresión de lo que sucede desde mi perspectiva. No podría irme a Islandia a vivir entre glaciares y volcanes a pesar de lo mucho que lo disfruto porque disfruto más una buena plática, risas entre personas queridas, apoyar y ser apoyado. A pesar de aparentar ser un ermitaño gruñón, creo que la vida es mejor estando acompañado, no sólo de mi pareja, sino de amigos, familia y demás seres vivos que existen en este mundo. Implica esfuerzo, entendimiento y empatía, sin duda. Pero al final de los días, sé que esos serán los esfuerzos que más habrán valido la pena.
Hace poco platicaba con unos amigos acerca de escenarios casi imposibles. Ya sabes, cuando te pones a fantasear con alguien de si ganaras la lotería o si pudieras hacer algo que siempre soñaste y demás.
Entre esos temas estaba el de si te irías a vivir a otro lado, otro estado, otro país. No es raro que pensaran que diría Islandia, honestamente. Y sin duda, fue una de las imágenes que más fuerte vi en mi cabeza: recorrer de nuevo esos caminos con el mar infinito de un lado mientras el sol va cayendo e ilumina de frente a las montañas en el fondo, sin ningún otro sonido más que el del planeta resonando, hablando, diciendo que este es un buen lugar.
Pero no. No me iría de México, al menos no ahorita. Y la razón es simple: aquí vive mi gente. Mis amigos, mi familia -y mis animales, muchos de los cuales no sobrevivirían allá-. La respuesta les dejó perplejos. ¿La razón de que no te vayas es la gente? Todos me consideran un antisocial de algún modo. Que no tolero a la gente. Que prefiero estar solo.
Pero los matices reales son los que escapan a la vista de la mayoría.
Hace poco les compartía en redes sobre la diferencia entre ver y observar que menciona Sherlock Holmes en “Escándalo en la Bohemia”, pero para que entren en contexto se los pongo de nuevo aquí:
“ ¿Cuántos escalones hay en el 221B de Baker Street?
como un ejemplo de instruir al buen doctor entre la diferencia de ver y observar. Watson dice: Cuando te oigo dar tus razones -aclara- la solución aparece para mi tan ridículamente
simple que podría encontrarla fácilmente yo, aunque, con cada explicación que vas dando me encuentro completamente desconcertado hasta que no terminas de explicarla.
Y aún así, creo que mis ojos son tan buenos como los tuyos.
Efectivamente -le responde Holmes- Tú ves, pero no observas. La diferencia es clara. Por ejemplo, tú has visto frecuentemente los peldaños que te dirigen desde el salón
hasta este cuarto.
-Bastante seguido.
-¿Qué tantas veces?
-Algunos cientos de veces.
-Entonces, ¿cuántos hay?
-¿Cuántos? No lo sé.
-¡Efectivamente! Tú no has observado, y sin embargo, has visto. Ese es mi punto. Ahora, para que sepas, sé que hay 17 peldaños, porque yo he visto y observado
¿Creen que un antisocial estaría formando grupos de lectura? ¿Equipos de cuerda? ¿Que estaría armando proyectos para dar asesorías? ¿Que invitaría constantemente a reuniones y salidas?
Claro que no. Me gusta la gente y me gusta convivir. Pero es cierto que me desespero fácil cuando la realidad no acompaña la expectativa. Y no me refiero a que el plan y la convivencia no está saliendo al máximo, no. Sino al mero hecho de que las personas no sean egocentristas y groseras.
Aquí puedo ver al lector que me conoce en persona arquear las cejas: ¿Nosotros groseros y egocentristas?. Claro. Es algo muy común en el contexto cultural donde hemos crecido, el hacer cosas nosotros e ignorarlas pero notarlas si lo hacen los demás.
Mi lenguaje altisonante y sinceridad directa se toma muchas veces por grosero y mamón, cuando simplemente es una manera de no mentir. De no dejar las cosas a media tinta. De establecer seguridad. No es por ofender, pero la mayoría de la gente no entiende que este tipo de vocabulario no es una ofensa. (Si esto es realmente una molestia es fácil de arreglar cuando la sinceridad existe y se expresa: "Oye, a mi no me gusta ese lenguaje, si me molesta." Cambiar el diálogo a uno más aceptable entonces es una prioridad. Somos diferentes y lo entiendo.)
Maldecir situaciones, objetos, vivencias y demás no es un ataque a la persona, es meramente una expresión. Decir: “¡Vaya pendejada lo que te pasó!” no es decirte pendejo, es simplemente que la situación lo fue. Y en este terreno se dan muchas confusiones.
Entre ellas la que me desespera: ser mentiroso, ser soberbio, creído, egocentrista. No digo que lo hagan adrede y conscientemente -al menos la mayoría- pero lo hacen.
Y es algo recurrente y común, en gran parte porque se nos ha educado de esa manera.
Cuando dialogando con alguien afirma cosas que no sabe, es claramente una mentira. No sólo eso, sino la soberbia de creerse inmune al error. El desinterés de querer informar correctamente. Cuando mienten las personas, es claramente un insulto, no sólo hacia mí, sino hacia la relación y todo lo que conlleva, aún siendo en temas banales.
Las mentiras estructuran un ambiente frágil y quebradizo donde saber cuando se está hablando con la verdad se vuelve trabajoso y cansado. No hay nada de malo en admitir que no sabemos algo o que estamos dudando, por más que nuestra sociedad lo quiera hacer ver así. Aún y cuando quedemos igual, en el admitir el desconocimiento del hecho de la plática, al menos el ambiente y nuestra interacción se mantiene honesta y cristalina.
Para explicarme mejor daré un ejemplo: Imagina a dos personas dialogando sobre algún remedio casero. Uno trae la presión social de bajar de peso y el otro le recomienda beber agua con limón en ayunas. “¿Ayuda eso?” Pregunta el primero y el segundo afirma rotundamente: “¡Claro que ayuda! Lo vi en un tiktok” -o cambie aquí a su red de información preferida-.
Pero, ¿esa persona realmente tiene el conocimiento para afirmar lo que acaba de decir? ¿Ha visto resultados en alguien? ¿Comprende el mecanismo de acción de lo que ha dicho?
Lo más probable es que las respuestas sean siempre no. -spoiler alert: No funciona-
“Oye Diego” -me han dicho antes- “pero no me voy a poner a investigar a fondo todo lo que digo. Lo que escucho y me dicen. No tendría tiempo para nada más” En el mundo actual tenemos la información de toda la humanidad al alcance de unos segundos y unos toques de dedo, pero realmente es poca la gente que hace uso de ello.
Y no, no podríamos como quiera validar todo, pero re imaginemos la escena de otra manera, más sincera y sin “insultos”:
El amigo con la presión social de bajar de peso se lo comenta al otro, el cual le vuelve a decir del consejo del agua con limón, pero ahora lo explica así: “Podrías intentar beber agua con limón en ayunas. Vi por ahí que ayuda, aunque no estoy seguro la verdad. No pierdes nada con intentarlo o buscar si sirve.”
¿Ven el cambio? Admitir que uno no sabe sobre la veracidad de lo que está hablando no impide que se comunique, pero estrecha una relación honesta. No estás jugando con mis sentimientos pues admites que es algo que desconoces, pero querías decirlo. Si no funciona, no pasa nada. Si funciona, agradezco el consejo. Pero es muy diferente al admitirlo como verdad.
Es al mismo tiempo muy común que la atención que prestamos se pierda si el tema no es de interés personal directo. “Pero Diego” -me han dicho también- “No tengo porqué seguir una plática que no me interesa y en la que no tengo nada que aportar.”
Pero no todos tenemos los mismos intereses. Ni el mismo conocimiento. Y aún así, siempre tenemos algo que aportar: nuestra compañía y empatía. Escuchar a las personas que queremos fortalece la relación entre ambas. Es cierto que puede volverse difícil cuando los temas no fluyen igual entre las personas, pero es preferible un pequeño esfuerzo, mantener la conversación y si se extiende entonces sí explicar que se prefiere otro tema, a simplemente guardar silencio e ignorar al que habla.
Contestar con un “simplemente no tengo nada que decir” demuestra no solo desconocimiento, sino desinterés. Y si no hay interés, ¿qué hacemos siendo amigos? Pero estos tipos de faltas son menos visibles. Implican ausencia de actos. Implican silencio.
Se ven “menos ofensivos” pero duelen igual o peor, pues llevan consigo un matiz de deshonestidad: no te digo realmente lo que sucede porque no quiero líos, aun cuando puede mejorar nuestra relación.
Suena bastante incongruente cuando se dice que esto sucede así para evitar conflictos, pero después se la pasan peleando por todo: por el equipo de fútbol, por el lugar de la cama, por los quehaceres, por la película a ver, etc.
Me da gusto ver a la gente que quiero. Saber qué han hecho en sus vidas, ayudarles en sus problemas y festejar sus logros. Al final de todo, habremos pasado tiempo en este planeta de la mejor manera: conviviendo con lo que amamos. Y más que una excusa, es realmente una explicación, lo difícil que se vuelven las relaciones humanas cuando la ceguera para con las situaciones termina nublándolo todo.
En ocasiones me han dicho explícitamente que mi lenguaje y mis maneras no son cómodas. Que molestan. Y la crítica es bien recibida: comprendo lo que hago y digo. Entiendo el posible malentendido. ¿Pero cómo explicas que el silencio y la indiferencia hacen el mismo o mayor daño? Somos seres que no nos gusta admitir errores ni culpas y he visto que cuando expreso este problema lo único que obtengo son excusas e inventos: malinterpretaste el silencio, no quise mentir -aunque afirmé cosas que desconozco-, estaba cansado y por eso no puse atención, etc.
Este post, más que una queja, es una expresión de lo que sucede desde mi perspectiva. No podría irme a Islandia a vivir entre glaciares y volcanes a pesar de lo mucho que lo disfruto porque disfruto más una buena plática, risas entre personas queridas, apoyar y ser apoyado. A pesar de aparentar ser un ermitaño gruñón, creo que la vida es mejor estando acompañado, no sólo de mi pareja, sino de amigos, familia y demás seres vivos que existen en este mundo. Implica esfuerzo, entendimiento y empatía, sin duda. Pero al final de los días, sé que esos serán los esfuerzos que más habrán valido la pena.

Diego Arquieta
Ingeniero, fotógrafo, escritor, lector, autodidacta, deportista.
Nací en Monterrey, México y desde pequeño he tenido una curiosidad insaciable, de ahí nace mi autodidactismo más puro, al necesitar constantemente aprender de todo.
Mis gustos son extremadamente variados, desde los cómics hasta Nietzsche; desde senderismo en la montaña hasta desarrollo web.
Busco en la vida una incesante mejora y la oportunidad de vivir nuevas y mejores aventuras mientras ayudo al mundo al lado de Belinda.