El gato en una moto

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No recuerdo si les he contado sobre como me gusta pensar que la casa es “Outer Heaven” como en la saga de videojuegos de Metal Gear Solid, donde así le llaman a un refugio para personas que no son aceptadas en el mundo. Creo que no les he traído esa historia y en otro post lo haré, pero relatos como el de hoy me recuerdan un poco a eso.

De sobra está decir lo mucho que nos gustan los animales -todo tipo de ellos-  a Belinda y a mi. Así que cuando al fin compramos nuestra casa, empezamos a planear con total libertad como conviviríamos con más de ellos en un futuro. Lo que no podíamos planear, era que llegarían solos. De todos lados, en todas las formas incluso algunas completamente inesperadas.

Primero llegó Oreo, quien siempre nos daba la bienvenida a la casa. Una gatita callejera hermosa que ronroneaba y se restregaba con nosotros y andaba con total confianza a nuestro alrededor. Después llegó el Cholo y Siami, quien un día de tantos simplemente se metió a la casa y ya no quiso salir. Nos adoptó básicamente, pasamos sus filtros y fuimos aceptados sin saberlo. 


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Mariposas, escarabajos, lagartijas, etc. también llegaron y se quedaron en los aposentos, aunque afuera en el jardín que en aquel entonces era mucho más pequeño pero creo que gran parte del éxito logrado en el mismo es gracias a ellos y su dinámica jardinera.

Cuando Siami decidió adoptarnos nos percatamos que muchas veces andaba cerca una gatita bebé blanco con negro. No sabemos si es su hija o si la adoptó como madre, pero solía seguirla. No sabíamos tampoco que iba a pasar cuando Siami se metió a la casa pero la gatita pequeña nos huía demasiado. Tenía mucho miedo de nosotros.

Hubo un tiempo en donde la vimos menos. Pensé que se había cansado y se fue a deambular por la calle. Hasta que Belinda observó una colita escabullirse en la funda de la moto.

En la cochera tenemos unos arbustos de boj japónico y al lado suelo estacionar la moto, a la que le pongo una funda para protegerla de los elementos climáticos. ¿Pudiera ser...? Que no estuviera en la calle sino escondida ahí las veces que Siami no estaba en el cuarto de la ventana.

Así, un día, nos asomamos debajo de la funda con mucho cuidado y vimos a una linda gatita acostada en el asiento, atenta, vigilante, refugiada. Les digo, de todas formas llega la vida a la casa.


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Pasaron los días y empezamos a verla siempre merodeando cerca de alguna ventana donde estaba Siami. Hasta que empezó a acostumbrarse un poco a los ruidos que hacíamos nosotros y entonces era más fácil observarla. Buscaba activamente estar con su “mamá”, pero no dejaba que nos acercáramos a ella. Decidimos ganarnos su confianza y meterla también ya que su vínculo parecía demasiado fuerte puesto que habían pasado días y no dejaba de insistir en buscar a su mamá.

Para ello Belinda le puso un arbolito de gatos en la ventana donde pasaba más tiempo esperando a Siami. Ahí dormía y ahí comía y estaba en un lugar donde teníamos que estar pasando por lo tanto era ideal para verla y que nos viera y así se fuese acostumbrando a nuestra presencia.


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Un día de tantos, logré acercarme lo suficiente para acariciarla. Le pude ver el nerviosismo y el miedo pero también que le gustó. Creo que las caricias son la mejor manera de conseguir confianza entre distintos seres vivos, ya que no está asociado a nada más. No hay premios de por medio, no hay comida ni bebida, nada. Solamente es la recompensa de sentirse bien al no tener miedo. Al dejar atrás por instantes el instinto. Y veo que ha funcionado tanto con mamíferos como con reptiles y aves, a pesar de las más acusadas diferencias.

Esto provocó un avance en la fase de adopción: ahora permitía acercamientos. Los pedía incluso. No era raro acercarme y ver como me observaba y empezaba a hacer maullidos pequeños e ir y venir en un pequeño espacio -cosa que sigue haciendo actualmente cuando quiere cariño-. Pero el contacto seguía siendo breve y pequeño, cualquier intento de agarrarla terminaba en huida. Pero día y noche ella seguía estando en la ventana donde estaba Siami.

Este apego nos indicaba que no podíamos separarlas. Bueno, de poder podíamos, pero ¿qué sentido tenía romper un lazo fuerte como el de ellas? Muchas personas tienden a pensar que los animales no sienten o que no tienen la capacidad de razonar lo suficiente como para formar vínculos, pero no es cierto. Simplemente son diferentes, sus vínculos se construyen de otras formas y se expresan a su modo. Nuestra falta de entendimiento no es evidencia de nada, si acaso de nuestra ignorancia.


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Si habíamos adoptado a Siami -parafraseando lo que sucedió- podíamos hacer un esfuerzo  y adoptar también a su hija e irla educando a que se acostumbre. Consideramos que sería más fácil ya estando juntas y que pudiera ver como Siami andaba totalmente relajada y sin problemas. Así que un día de tantos, decidimos atraparla en una jaula. ¡Y lo logramos! 

Pero vaya si es tenaz y logró zafar la puerta de la transportadora y escabullirse justo un par de metros antes de entrar a la casa. 

Nos puso nerviosos este hecho. Era claro que había sido una experiencia traumática. Quien terminaría llamándose La Pequeña Lulú no se dejó ver un par de días. Y cuando volvió, lo hizo más temerosa. Fue un retroceso importante, pero estábamos confiados en que repetir el acercamiento paulatino volvería a generar confianza en ella.

Así que decidimos dejar de intentar acercarnos un tiempo, darle su espacio. Dejamos el árbol de gatos pegado a la ventana y si la veíamos ahí, procurábamos darle su espacio. Pasados unos días, me fui acercando de nuevo. Otra vez las caricias. Estaba recelosa, pero se dejaba un poco. Habían pronosticado lluvias fuertes y en una de esas me arriesgué: la cargué e intenté correr hacia la casa, a dejarla en el cuarto con Siami. Sobra decir que logró escaparse de mí, pero encontró refugio en la casa.


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No sabíamos que más intentar y pasaban las semanas. Belinda notó algo raro: una pancita creciendo. Era muy joven la Pequeña Lulú, pero ya estaba entrando en edad reproductiva.

Su embarazo nos pescó por sorpresa, pero consideramos que era la oportunidad perfecta, ella necesitaba su área segura y nosotros podíamos dársela.

Hasta que nos habló la vecina de atrás. Esa vecina tiene nuestro número porque una vez Gaia -una de nuestras perritas-  exploró un poco demás y se fue a su casa. Entonces lo primero que pensó al ver una gatita desconocida pariendo fue llamarnos en caso de que hubiera sucedido de nuevo. Vaya traición, que en su momento más delicado decidiera alejarse, pero tenía razón hasta cierto punto. Nosotros dejamos salir a nuestras perras y ella quería un ambiente sin animales.

Fuimos por ella y sus hijos. Nos dejó cargarlos a todos y a ella. Le hicimos su espacio, primero aislado, necesitábamos validar que no tuviera alguna enfermedad contagiosa para Siami -a quien ya le habíamos hecho exámenes y todo bien- y que pudiera atender a sus crías. Crías que vimos nacieron mal: algunas con las patas pegadas, otras con cabeza deforme. No creímos que se lograra ninguna. Y la Pequeña Lulú nos lo confirmó cuando devoró a todos sus hijos cuando murieron... Suena trágico pero es algo normal en muchos animales. En la naturaleza, tener crías demanda muchísima energía y los recursos son limitados.


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Aunque no fue de la mejor manera, ya estaba con nosotros La Pequeña Lulú. Había pasado tiempo suficiente para que las pruebas nos dieran confianza de que estaba libre de enfermedad -¡y lo estaba!- y entonces planeamos su reencuentro con Siami. Solo fue verse y saber que estaban contentas de estar juntas. Se olieron, se restregaron, se reconocieron.

Para nosotros siempre serán madre e hija. Y sabemos que hicimos lo correcto al no separarlas viéndolas todos los días dormir juntas, jugar juntas, bañarse y demás. A veces pelean es claro, pero se reconcilian de inmediato. 

Mis niñas bellas, están a salvo… Quizás Outer Heaven no sea un lugar imaginario, sino este hogar donde la vida insiste en llegar, a su manera.


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No recuerdo si les he contado sobre como me gusta pensar que la casa es “Outer Heaven” como en la saga de videojuegos de Metal Gear Solid, donde así le llaman a un refugio para personas que no son aceptadas en el mundo. Creo que no les he traído esa historia y en otro post lo haré, pero relatos como el de hoy me recuerdan un poco a eso.

De sobra está decir lo mucho que nos gustan los animales -todo tipo de ellos-  a Belinda y a mi. Así que cuando al fin compramos nuestra casa, empezamos a planear con total libertad como conviviríamos con más de ellos en un futuro. Lo que no podíamos planear, era que llegarían solos. De todos lados, en todas las formas incluso algunas completamente inesperadas.

Primero llegó Oreo, quien siempre nos daba la bienvenida a la casa. Una gatita callejera hermosa que ronroneaba y se restregaba con nosotros y andaba con total confianza a nuestro alrededor. Después llegó el Cholo y Siami, quien un día de tantos simplemente se metió a la casa y ya no quiso salir. Nos adoptó básicamente, pasamos sus filtros y fuimos aceptados sin saberlo. 


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Mariposas, escarabajos, lagartijas, etc. también llegaron y se quedaron en los aposentos, aunque afuera en el jardín que en aquel entonces era mucho más pequeño pero creo que gran parte del éxito logrado en el mismo es gracias a ellos y su dinámica jardinera.

Cuando Siami decidió adoptarnos nos percatamos que muchas veces andaba cerca una gatita bebé blanco con negro. No sabemos si es su hija o si la adoptó como madre, pero solía seguirla. No sabíamos tampoco que iba a pasar cuando Siami se metió a la casa pero la gatita pequeña nos huía demasiado. Tenía mucho miedo de nosotros.

Hubo un tiempo en donde la vimos menos. Pensé que se había cansado y se fue a deambular por la calle. Hasta que Belinda observó una colita escabullirse en la funda de la moto.

En la cochera tenemos unos arbustos de boj japónico y al lado suelo estacionar la moto, a la que le pongo una funda para protegerla de los elementos climáticos. ¿Pudiera ser...? Que no estuviera en la calle sino escondida ahí las veces que Siami no estaba en el cuarto de la ventana.

Así, un día, nos asomamos debajo de la funda con mucho cuidado y vimos a una linda gatita acostada en el asiento, atenta, vigilante, refugiada. Les digo, de todas formas llega la vida a la casa.


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Pasaron los días y empezamos a verla siempre merodeando cerca de alguna ventana donde estaba Siami. Hasta que empezó a acostumbrarse un poco a los ruidos que hacíamos nosotros y entonces era más fácil observarla. Buscaba activamente estar con su “mamá”, pero no dejaba que nos acercáramos a ella. Decidimos ganarnos su confianza y meterla también ya que su vínculo parecía demasiado fuerte puesto que habían pasado días y no dejaba de insistir en buscar a su mamá.

Para ello Belinda le puso un arbolito de gatos en la ventana donde pasaba más tiempo esperando a Siami. Ahí dormía y ahí comía y estaba en un lugar donde teníamos que estar pasando por lo tanto era ideal para verla y que nos viera y así se fuese acostumbrando a nuestra presencia.


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Un día de tantos, logré acercarme lo suficiente para acariciarla. Le pude ver el nerviosismo y el miedo pero también que le gustó. Creo que las caricias son la mejor manera de conseguir confianza entre distintos seres vivos, ya que no está asociado a nada más. No hay premios de por medio, no hay comida ni bebida, nada. Solamente es la recompensa de sentirse bien al no tener miedo. Al dejar atrás por instantes el instinto. Y veo que ha funcionado tanto con mamíferos como con reptiles y aves, a pesar de las más acusadas diferencias.

Esto provocó un avance en la fase de adopción: ahora permitía acercamientos. Los pedía incluso. No era raro acercarme y ver como me observaba y empezaba a hacer maullidos pequeños e ir y venir en un pequeño espacio -cosa que sigue haciendo actualmente cuando quiere cariño-. Pero el contacto seguía siendo breve y pequeño, cualquier intento de agarrarla terminaba en huida. Pero día y noche ella seguía estando en la ventana donde estaba Siami.

Este apego nos indicaba que no podíamos separarlas. Bueno, de poder podíamos, pero ¿qué sentido tenía romper un lazo fuerte como el de ellas? Muchas personas tienden a pensar que los animales no sienten o que no tienen la capacidad de razonar lo suficiente como para formar vínculos, pero no es cierto. Simplemente son diferentes, sus vínculos se construyen de otras formas y se expresan a su modo. Nuestra falta de entendimiento no es evidencia de nada, si acaso de nuestra ignorancia.


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Si habíamos adoptado a Siami -parafraseando lo que sucedió- podíamos hacer un esfuerzo  y adoptar también a su hija e irla educando a que se acostumbre. Consideramos que sería más fácil ya estando juntas y que pudiera ver como Siami andaba totalmente relajada y sin problemas. Así que un día de tantos, decidimos atraparla en una jaula. ¡Y lo logramos! 

Pero vaya si es tenaz y logró zafar la puerta de la transportadora y escabullirse justo un par de metros antes de entrar a la casa. 

Nos puso nerviosos este hecho. Era claro que había sido una experiencia traumática. Quien terminaría llamándose La Pequeña Lulú no se dejó ver un par de días. Y cuando volvió, lo hizo más temerosa. Fue un retroceso importante, pero estábamos confiados en que repetir el acercamiento paulatino volvería a generar confianza en ella.

Así que decidimos dejar de intentar acercarnos un tiempo, darle su espacio. Dejamos el árbol de gatos pegado a la ventana y si la veíamos ahí, procurábamos darle su espacio. Pasados unos días, me fui acercando de nuevo. Otra vez las caricias. Estaba recelosa, pero se dejaba un poco. Habían pronosticado lluvias fuertes y en una de esas me arriesgué: la cargué e intenté correr hacia la casa, a dejarla en el cuarto con Siami. Sobra decir que logró escaparse de mí, pero encontró refugio en la casa.


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No sabíamos que más intentar y pasaban las semanas. Belinda notó algo raro: una pancita creciendo. Era muy joven la Pequeña Lulú, pero ya estaba entrando en edad reproductiva.

Su embarazo nos pescó por sorpresa, pero consideramos que era la oportunidad perfecta, ella necesitaba su área segura y nosotros podíamos dársela.

Hasta que nos habló la vecina de atrás. Esa vecina tiene nuestro número porque una vez Gaia -una de nuestras perritas-  exploró un poco demás y se fue a su casa. Entonces lo primero que pensó al ver una gatita desconocida pariendo fue llamarnos en caso de que hubiera sucedido de nuevo. Vaya traición, que en su momento más delicado decidiera alejarse, pero tenía razón hasta cierto punto. Nosotros dejamos salir a nuestras perras y ella quería un ambiente sin animales.

Fuimos por ella y sus hijos. Nos dejó cargarlos a todos y a ella. Le hicimos su espacio, primero aislado, necesitábamos validar que no tuviera alguna enfermedad contagiosa para Siami -a quien ya le habíamos hecho exámenes y todo bien- y que pudiera atender a sus crías. Crías que vimos nacieron mal: algunas con las patas pegadas, otras con cabeza deforme. No creímos que se lograra ninguna. Y la Pequeña Lulú nos lo confirmó cuando devoró a todos sus hijos cuando murieron... Suena trágico pero es algo normal en muchos animales. En la naturaleza, tener crías demanda muchísima energía y los recursos son limitados.


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Aunque no fue de la mejor manera, ya estaba con nosotros La Pequeña Lulú. Había pasado tiempo suficiente para que las pruebas nos dieran confianza de que estaba libre de enfermedad -¡y lo estaba!- y entonces planeamos su reencuentro con Siami. Solo fue verse y saber que estaban contentas de estar juntas. Se olieron, se restregaron, se reconocieron.

Para nosotros siempre serán madre e hija. Y sabemos que hicimos lo correcto al no separarlas viéndolas todos los días dormir juntas, jugar juntas, bañarse y demás. A veces pelean es claro, pero se reconcilian de inmediato. 

Mis niñas bellas, están a salvo… Quizás Outer Heaven no sea un lugar imaginario, sino este hogar donde la vida insiste en llegar, a su manera.


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Diego Arquieta

Ingeniero, fotógrafo, escritor, lector, autodidacta, deportista.

Nací en Monterrey, México y desde pequeño he tenido una curiosidad insaciable, de ahí nace mi autodidactismo más puro, al necesitar constantemente aprender de todo.
Mis gustos son extremadamente variados, desde los cómics hasta Nietzsche; desde senderismo en la montaña hasta desarrollo web.
Busco en la vida una incesante mejora y la oportunidad de vivir nuevas y mejores aventuras mientras ayudo al mundo al lado de Belinda.