Lo que leí: La lección de August

Le doy:


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En la 6ta Reunión Bókaflóð tuvimos como dinámica hacer un intercambio/préstamo de libros entre los integrantes del grupo. Debíamos llevar un par de libros: 1 que te gustara mucho y 1 que consideraras le gustaría a los demás.

Y al azar fuimos eligiendo los libros, en mi caso me terminó tocando el de “La lección de August” del cual no había escuchado antes. Me dijeron que incluso tenía película y que estaba muy bonita y demás. Desconocía por completo así que estuvo bien y la dinámica del intercambio préstamo era con la finalidad de empatizar entre nosotros al compartir un libro. Sentir lo que sintió el otro o pensar en el gusto del otro. Un poco de ponerse en los zapatos del otro.

Empecé el libro y me gustó. La manera en que la autora va redactando metiéndose en el papel del protagonista es sencilla, amena y directa. Se entiende y no se anda con florituras innecesarias. Después de un par de capítulos decidí investigar un poco sobre la condición del protagonista para imaginar de mejor manera y me encontré con imágenes de un niño y con imágenes de la película. Yo supuse que ese niño era el del libro. El de la película honestamente le arreglaron mucho, supongo que era inevitable si querían vender más, pero ese tipo de decisiones terminan influyendo claramente en lo que la obra principal es. Se distancian por andar pensando en aceptación y dinero. En fin, que no indague más por miedo a spoilearme y me fui con la idea de que el niño que vi era el del libro. 



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Seguí leyendo y me atrapó completamente. Aún siendo muy cercana al típico ambiente de escuela americana llena de “bullies”, “los populares”, “la guapa”, etc. me gustó. Y mucho.

Devoré el libro de aproximadamente 400 páginas en dos días. (la versión en español y de pasta blanda es lo que tiene). Reí y lloré y reflexioné. Tenía el combo de una buena lectura.

Sin embargo, hubo un detalle, que me hizo dudar en recomendar y la calificación que le pondría (en el grupo de lectura damos al final del mes nuestra reseña y en ella debemos incluir si recomendamos o no el libro y que calificación -1 a 5 estrellas- le ponemos.

No es spoiler el detalle y realmente es más una tontería mía que otra cosa, un malentendido, así que lo contaré.

Conforme me aproximaba al final quise averiguar ahora si de que había pasado en la vida real. Era menos probable que encontrara información que afectara mi lectura pues ya estaba casi en el mero final y vaya que me sorprendí. Yo leí el libro pensando que era una historia real: la historia del niño que encontré en Google mientras buscaba la condición mencionada. Me salían las fotos del niño, las menciones del libro, de la película. Por dar el vistazo rápido y no querer indagar de más, me llevé la impresión que era una novela, si, pero de algo que había sucedido realmente. 

Y no.



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Cuando averigüé más y vi que era tal cual una novela, elaborada en la mente de alguien, sin hechos que hubieran ocurrido en la vida real -la condición del protagonista si es real, eso sí es verdad- me sentí raro. ¿Lo que había sentido era falso? Me había imaginado a alguien en algún lugar del mundo viviendo lo que estaba leyendo y de repente todo eso se esfumó.

Me enojé un poco si he de ser franco.

Pero justo volteé al libro y me pregunté: ¿Ya no lo voy a disfrutar igual al terminarlo? Y una vocecita llegó desde el fondo de mi mente, una voz de un mago anciano sentado en una banca en la estación de King’s Cross diciendo: “Claro que está pasando dentro de tu cabeza, ¿pero por qué demonios eso significaría que no es real?”.

Las historias nos hacen sentir, sean reales o no. Es nuestro corazón quien lo determina. De nada sirve leer un hecho real si no se siente y viceversa. Somos lo que sentimos. Y recordé todas esas veces que reí y lloré y me enojé y demás al leer historias de ficción. Estaba actuando como un tonto al dejar que eso arruinara mi experiencia.

Así que lo olvidé y terminé el libro. ¿Lo recomiendo? Claro. ¿5 Estrellas? Sin dudarlo.

Estamos hechos de historias.


Le doy:


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En la 6ta Reunión Bókaflóð tuvimos como dinámica hacer un intercambio/préstamo de libros entre los integrantes del grupo. Debíamos llevar un par de libros: 1 que te gustara mucho y 1 que consideraras le gustaría a los demás.

Y al azar fuimos eligiendo los libros, en mi caso me terminó tocando el de “La lección de August” del cual no había escuchado antes. Me dijeron que incluso tenía película y que estaba muy bonita y demás. Desconocía por completo así que estuvo bien y la dinámica del intercambio préstamo era con la finalidad de empatizar entre nosotros al compartir un libro. Sentir lo que sintió el otro o pensar en el gusto del otro. Un poco de ponerse en los zapatos del otro.

Empecé el libro y me gustó. La manera en que la autora va redactando metiéndose en el papel del protagonista es sencilla, amena y directa. Se entiende y no se anda con florituras innecesarias. Después de un par de capítulos decidí investigar un poco sobre la condición del protagonista para imaginar de mejor manera y me encontré con imágenes de un niño y con imágenes de la película. Yo supuse que ese niño era el del libro. El de la película honestamente le arreglaron mucho, supongo que era inevitable si querían vender más, pero ese tipo de decisiones terminan influyendo claramente en lo que la obra principal es. Se distancian por andar pensando en aceptación y dinero. En fin, que no indague más por miedo a spoilearme y me fui con la idea de que el niño que vi era el del libro. 



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Seguí leyendo y me atrapó completamente. Aún siendo muy cercana al típico ambiente de escuela americana llena de “bullies”, “los populares”, “la guapa”, etc. me gustó. Y mucho.

Devoré el libro de aproximadamente 400 páginas en dos días. (la versión en español y de pasta blanda es lo que tiene). Reí y lloré y reflexioné. Tenía el combo de una buena lectura.

Sin embargo, hubo un detalle, que me hizo dudar en recomendar y la calificación que le pondría (en el grupo de lectura damos al final del mes nuestra reseña y en ella debemos incluir si recomendamos o no el libro y que calificación -1 a 5 estrellas- le ponemos.

No es spoiler el detalle y realmente es más una tontería mía que otra cosa, un malentendido, así que lo contaré.

Conforme me aproximaba al final quise averiguar ahora si de que había pasado en la vida real. Era menos probable que encontrara información que afectara mi lectura pues ya estaba casi en el mero final y vaya que me sorprendí. Yo leí el libro pensando que era una historia real: la historia del niño que encontré en Google mientras buscaba la condición mencionada. Me salían las fotos del niño, las menciones del libro, de la película. Por dar el vistazo rápido y no querer indagar de más, me llevé la impresión que era una novela, si, pero de algo que había sucedido realmente. 

Y no.



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Cuando averigüé más y vi que era tal cual una novela, elaborada en la mente de alguien, sin hechos que hubieran ocurrido en la vida real -la condición del protagonista si es real, eso sí es verdad- me sentí raro. ¿Lo que había sentido era falso? Me había imaginado a alguien en algún lugar del mundo viviendo lo que estaba leyendo y de repente todo eso se esfumó.

Me enojé un poco si he de ser franco.

Pero justo volteé al libro y me pregunté: ¿Ya no lo voy a disfrutar igual al terminarlo? Y una vocecita llegó desde el fondo de mi mente, una voz de un mago anciano sentado en una banca en la estación de King’s Cross diciendo: “Claro que está pasando dentro de tu cabeza, ¿pero por qué demonios eso significaría que no es real?”.

Las historias nos hacen sentir, sean reales o no. Es nuestro corazón quien lo determina. De nada sirve leer un hecho real si no se siente y viceversa. Somos lo que sentimos. Y recordé todas esas veces que reí y lloré y me enojé y demás al leer historias de ficción. Estaba actuando como un tonto al dejar que eso arruinara mi experiencia.

Así que lo olvidé y terminé el libro. ¿Lo recomiendo? Claro. ¿5 Estrellas? Sin dudarlo.

Estamos hechos de historias.


Diego Arquieta

Ingeniero, fotógrafo, escritor, lector, autodidacta, deportista.

Nací en Monterrey, México y desde pequeño he tenido una curiosidad insaciable, de ahí nace mi autodidactismo más puro, al necesitar constantemente aprender de todo.
Mis gustos son extremadamente variados, desde los cómics hasta Nietzsche; desde senderismo en la montaña hasta desarrollo web.
Busco en la vida una incesante mejora y la oportunidad de vivir nuevas y mejores aventuras mientras ayudo al mundo al lado de Belinda.