Miedo

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Considero que soy una persona con pocos miedos. Los más comunes no los tengo, véase: oscuridad, arañas, fantasmas, alturas. Me gusta la oscuridad, me fascinan las arañas, los fantasmas no existen y las alturas es un caso peculiar: puedo estar a mucha altura y en el filo de caerme pero todo bien. Pero cuando tengo que aventarme al agua, es cuando honestamente si entra algo parecido al pánico.

Ahora bien, no quiere decir que no tenga miedos. Hay uno en particular que me molestó durante años y que pudo haberme arruinado la vida: miedo a trabajar

Bueno, no específicamente a trabajar, no me molesta hacerlo. Me molesta la dinámica de la mayoría de trabajos, léase: levantarse muy temprano, pasar horas en el tráfico, perder 9-10 horas, otro ratote en el tráfico y llegar cansadísimo y sin ganas de hacer nada. 

Yo quería mi libertad, seguir saliendo con mis amigos, recorrer las montañas, mimar a mis mascotas, escribir y leer y descubrir el mundo. Y lo que yo veía era que empezaba la gente a trabajar y prácticamente todos cedían su vida. No quería eso.


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Recuerdo haberlo platicado con algunos amigos más grandes y con familiares y la respuesta de todos era prácticamente la misma: Tendrás que madurar. Equiparando la madurez con la sumisión. El hecho de ceder completamente la vida propia ante los deseos de algún empresario/emprendedor/jefe/etc. Ellos decían que no era ceder ante ellos, sino ante la necesidad de comer y vivir, pero claro está que enmascaran de esto el abuso que vive el mexicano en el ámbito laboral.

El mexicano, el individuo de las contradicciones. Es motivo de orgullo para nosotros el chingarle, pero ¿qué te digo? Vivir “chingándole” es obvio que es imposible; desgasta, malnutre, aniquila eventualmente no sólo el cuerpo y la salud, sino el espíritu. Tener la capacidad de hacerlo cuando es necesario sin duda es valioso. Tener la “capacidad” de hacerlo por siempre es sin duda esclavizante.


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Y entonces ahí estaba yo, postergando en mi vida el ingreso al ámbito laboral. Yo quería trabajar, entendía la dinámica: das tu tiempo, habilidad y servicio en cambio de recibir dinero -básicamente-. Pero la avaricia del que da el dinero es siempre muy grande en esta tierra de mariachi y fútbol. Es bastante común las semanas laborales de las 48 horas completas -con algunas horas extra no pagadas porque “hay que ser agradecido y ayudar”-. Los sueldos bajos, las prestaciones faltantes. Tan es así que cuando alguna empresa cumple con lo establecido por la ley, lo anuncia a los 4 vientos. 

Eso debería ser un hecho, no debería ni siquiera ser pregunta.


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Esto hizo también que marcara mi carrera.
Yo quería ser escritor.
Yo quería ser científico. 
Yo quería ser explorador.
Yo no quería ser licenciado.
Yo no quería ser oficinista.
Yo no quería estar limitado.

Y deseché esas carreras en pos de algo más balanceado que encontré en la ingeniería. Lleva algo de ciencia. Tiene un gran repertorio de trabajos donde podría ir buscando algún acomodo. Y aún así, iba postergando mi entrada al mundo del oficio.


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Obvio había tenido necesidad de ganar dinero y por tanto había trabajado un poco pero para cuando conocí a Belinda a mis 23 años mi experiencia laboral formal era 0. Nula. Inexistente. Tremendo adulto y tan inexperto. ¿Qué sería de mí? Si empezando en tiempo, la situación era complicada, ahora yo con años de retraso. Tal vez no pensé bien las cosas.

Pero, no sé. Fue una serie de eventos afortunados. Conocer a Belinda fue sin duda una motivación y un abrir los ojos. La necesidad de completar mis prácticas profesionales era otro, lo había retrasado mucho. Y se abrió una oportunidad para ingresar de lleno en el mundo del software al que le había echado un poco el ojo buscando precisamente un rubro que me permitiera seguir siendo yo.

Y así de la nada, un día de tantos, vino a mi mente el fragmento de una canción que amo: “Let me shine like the sun through the doubts and fear” Fue como sentir mi alma arder. Tenía cosas en contra sin duda, pero también los medios para ir resolviendo las situaciones. Recuperar lo perdido. Ganar lo soñado. 


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Era cuestión de elaborar un plan, analizar lo que se requería, visualizar cómo obtener lo que me faltaba, hacia que rumbo me quería y podía dirigir. Y recordar que dentro de los problemas y carencias seguía siendo realmente afortunado porque tenía lo indispensable: un cuerpo saludable y una mente implacable.

Así visualicé los aspectos más fundamentales: una excelente primera impresión (el CV tenía que ser llamativo), las entrevistas y pláticas tenía que demostrar actitud, positivismo y dinamismo. No podía dar por sentado nunca que entendía los requerimientos, así que siempre al tenerlos era para estudiar antes de las entrevistas técnicas. Pensar en preguntas especiales hacia ellos, en parte para demostrar actitud, en parte para que ellos me recordaran al crear con ello un anclaje único en la memoria.

Y así hoy, rememorando el camino andado, me siento en paz de haberme sabido capaz de posicionarme en un ámbito excelente de mi carrera, en el ámbito profesional. De haber recuperado lo que creía perdido. 

Y sobre todo de entender que ser franco con uno mismo es el arma más eficaz para resolver los problemas personales, que el miedo realmente no desaparece nunca pero puede ser transformado: de un paralizante a un motor que impulse hacia delante.


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Considero que soy una persona con pocos miedos. Los más comunes no los tengo, véase: oscuridad, arañas, fantasmas, alturas. Me gusta la oscuridad, me fascinan las arañas, los fantasmas no existen y las alturas es un caso peculiar: puedo estar a mucha altura y en el filo de caerme pero todo bien. Pero cuando tengo que aventarme al agua, es cuando honestamente si entra algo parecido al pánico.

Ahora bien, no quiere decir que no tenga miedos. Hay uno en particular que me molestó durante años y que pudo haberme arruinado la vida: miedo a trabajar

Bueno, no específicamente a trabajar, no me molesta hacerlo. Me molesta la dinámica de la mayoría de trabajos, léase: levantarse muy temprano, pasar horas en el tráfico, perder 9-10 horas, otro ratote en el tráfico y llegar cansadísimo y sin ganas de hacer nada. 

Yo quería mi libertad, seguir saliendo con mis amigos, recorrer las montañas, mimar a mis mascotas, escribir y leer y descubrir el mundo. Y lo que yo veía era que empezaba la gente a trabajar y prácticamente todos cedían su vida. No quería eso.


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Recuerdo haberlo platicado con algunos amigos más grandes y con familiares y la respuesta de todos era prácticamente la misma: Tendrás que madurar. Equiparando la madurez con la sumisión. El hecho de ceder completamente la vida propia ante los deseos de algún empresario/emprendedor/jefe/etc. Ellos decían que no era ceder ante ellos, sino ante la necesidad de comer y vivir, pero claro está que enmascaran de esto el abuso que vive el mexicano en el ámbito laboral.

El mexicano, el individuo de las contradicciones. Es motivo de orgullo para nosotros el chingarle, pero ¿qué te digo? Vivir “chingándole” es obvio que es imposible; desgasta, malnutre, aniquila eventualmente no sólo el cuerpo y la salud, sino el espíritu. Tener la capacidad de hacerlo cuando es necesario sin duda es valioso. Tener la “capacidad” de hacerlo por siempre es sin duda esclavizante.


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Y entonces ahí estaba yo, postergando en mi vida el ingreso al ámbito laboral. Yo quería trabajar, entendía la dinámica: das tu tiempo, habilidad y servicio en cambio de recibir dinero -básicamente-. Pero la avaricia del que da el dinero es siempre muy grande en esta tierra de mariachi y fútbol. Es bastante común las semanas laborales de las 48 horas completas -con algunas horas extra no pagadas porque “hay que ser agradecido y ayudar”-. Los sueldos bajos, las prestaciones faltantes. Tan es así que cuando alguna empresa cumple con lo establecido por la ley, lo anuncia a los 4 vientos. 

Eso debería ser un hecho, no debería ni siquiera ser pregunta.


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Esto hizo también que marcara mi carrera.
Yo quería ser escritor.
Yo quería ser científico. 
Yo quería ser explorador.
Yo no quería ser licenciado.
Yo no quería ser oficinista.
Yo no quería estar limitado.

Y deseché esas carreras en pos de algo más balanceado que encontré en la ingeniería. Lleva algo de ciencia. Tiene un gran repertorio de trabajos donde podría ir buscando algún acomodo. Y aún así, iba postergando mi entrada al mundo del oficio.


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Obvio había tenido necesidad de ganar dinero y por tanto había trabajado un poco pero para cuando conocí a Belinda a mis 23 años mi experiencia laboral formal era 0. Nula. Inexistente. Tremendo adulto y tan inexperto. ¿Qué sería de mí? Si empezando en tiempo, la situación era complicada, ahora yo con años de retraso. Tal vez no pensé bien las cosas.

Pero, no sé. Fue una serie de eventos afortunados. Conocer a Belinda fue sin duda una motivación y un abrir los ojos. La necesidad de completar mis prácticas profesionales era otro, lo había retrasado mucho. Y se abrió una oportunidad para ingresar de lleno en el mundo del software al que le había echado un poco el ojo buscando precisamente un rubro que me permitiera seguir siendo yo.

Y así de la nada, un día de tantos, vino a mi mente el fragmento de una canción que amo: “Let me shine like the sun through the doubts and fear” Fue como sentir mi alma arder. Tenía cosas en contra sin duda, pero también los medios para ir resolviendo las situaciones. Recuperar lo perdido. Ganar lo soñado. 


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Era cuestión de elaborar un plan, analizar lo que se requería, visualizar cómo obtener lo que me faltaba, hacia que rumbo me quería y podía dirigir. Y recordar que dentro de los problemas y carencias seguía siendo realmente afortunado porque tenía lo indispensable: un cuerpo saludable y una mente implacable.

Así visualicé los aspectos más fundamentales: una excelente primera impresión (el CV tenía que ser llamativo), las entrevistas y pláticas tenía que demostrar actitud, positivismo y dinamismo. No podía dar por sentado nunca que entendía los requerimientos, así que siempre al tenerlos era para estudiar antes de las entrevistas técnicas. Pensar en preguntas especiales hacia ellos, en parte para demostrar actitud, en parte para que ellos me recordaran al crear con ello un anclaje único en la memoria.

Y así hoy, rememorando el camino andado, me siento en paz de haberme sabido capaz de posicionarme en un ámbito excelente de mi carrera, en el ámbito profesional. De haber recuperado lo que creía perdido. 

Y sobre todo de entender que ser franco con uno mismo es el arma más eficaz para resolver los problemas personales, que el miedo realmente no desaparece nunca pero puede ser transformado: de un paralizante a un motor que impulse hacia delante.


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Diego Arquieta

Ingeniero, fotógrafo, escritor, lector, autodidacta, deportista.

Nací en Monterrey, México y desde pequeño he tenido una curiosidad insaciable, de ahí nace mi autodidactismo más puro, al necesitar constantemente aprender de todo.
Mis gustos son extremadamente variados, desde los cómics hasta Nietzsche; desde senderismo en la montaña hasta desarrollo web.
Busco en la vida una incesante mejora y la oportunidad de vivir nuevas y mejores aventuras mientras ayudo al mundo al lado de Belinda.