Aprender a aprender -1 de 2

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La primera vez que sentí que necesitaba tomar acción respecto a mi educación fue empezando primaria. Lo sé, tan pequeño y ya preocupado por cosas que nada que ver con la infancia. Mi maestra de primero dijo en una clase: “Todas las letras debemos empezarlas por la parte superior” Ella estaba hablando de cómo escribir a mano. Pero no me hacía sentido.

Veía el alfabeto en la pared y algunas letras no me hacía sentido que empezaran por arriba, simplemente la “e” veía más lógico empezar por el medio. Tal vez era sólo un caso de abreviar de más o de problemas de comunicación, pero no se aclaró ni cuando pregunté y me dejó reflexionando. Quise aprender a mi manera.

Años después intenté entrar en un curso de inglés y computación externo que fueron a ofrecer a la primaria y que mis padres por alguna razón decidieron que si podía tomar. El curso empezaba explicando cómo usar de manera rudimentaria programas como “Word”, pero para mí eso no era computación. Computación era aprender a usar el dispositivo, no un programa en específico: la primera serviría para abrir las puertas a ese mundo, la segunda para limitarte a ese programa. Tenía que aprender por mi cuenta. Me salí del curso.


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Muchos de ustedes que sean cercanos a los 30 años o superiores de edad probablemente recuerden cuando los primeros computadores traían enciclopedias como la “Encarta”. Para mi fue abrirme al mundo. Consumí ese programa. Aprendía más ahí que en la escuela. Y entonces mis padres decidieron contratar internet y descubrí que Encarta se quedaba corta.

Escalonadamente a través de mi vida se fue desarrollando la necesidad de aprender a aprender. Cuando mis maestros fallaron en algo. Cuando los cursos no enseñaban lo que debían. Cuando vi que no tenía que limitarme a la información que me quisieran dar, sino a la que podía alcanzar.


Problemas de arrogancia


No era raro que después en la escuela ya supiera algunos de los temas que empezábamos a ver. O que directamente supiera que estaban equivocados, como cuando en la secundaria nos enseñaron el átomo y dijeron que era la partícula más elemental, cuando en ese fecha ya se sabía que estaban los electrones, neutrones, protones y demás. 

Los maestros me calificaron de problemático. Mi interés por la educación disminuyó. Tuve problemas… pero no podían hacerme nada porque contestaba bien prácticamente todo. 

Supongo que realmente es un aspecto más cultural que otra cosa: respetar la cadena de mando. No cuestiones a tus mayores. Ellos saben más que tú. Pero esto no siempre es verdad.

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Así que decidí desde muy joven que el autodidactismo, aprender por mi mismo era algo que haría por el resto de mi vida. No sólo por los errores que había detectado y he mencionado -más otros que no diré porque nos quedamos aquí toda la noche- sino porque había descubierto cosas maravillosas.

¿Cómo era posible -me preguntaba- que la gente anduviera como si nada en la calle cuando estamos compuestos de “mini sistemas solares”? ¿Cómo podían no estar viendo a las estrellas todas las noches sabiendo que son bolas de fuego gigantescas? Me fascinaba lo que veía y la magnitud de desconocimiento en frente de mi, que la escuela se me quedaba corta.

Han pasado años desde entonces y puedo decir con alegría y confianza que me ha funcionado ser autodidacta. He aprendido un idioma solo, he conseguido trabajo en base a lo aprendido por mi y no por la escuela, he logrado destacar en el deporte gracias a mis entrenamientos creados por mi, etc. 

Y quiero traerles hoy una guía -la primera de dos partes- sobre cómo podrían ustedes también aprender a aprender.


Metacognición y Pensamiento crítico 


Aprender a aprender implica necesariamente un proceso de pensamiento más elevado. Es reflexionar sobre nosotros mismos, sobre lo que somos y hacemos. Entender que aunque seamos el jugador, seremos juez también. Es pensar sobre pensar. O dicho más formal: cognición sobre la cognición

El autoaprendizaje requiere forzosamente que seamos capaces de entendernos a un nivel más profundo para determinar con mayor franqueza lo que necesitamos. Saber que nos funciona para aprender, por qué nos funciona, cómo corregir en caso de que no.

Suena sencillo pero no lo es. Probablemente te ha pasado que no entiendes por qué determinado día te fue muy bien y otro no. Desarrollar la metacognición implica indagar en ello para saber que nos funciona para aprender y que no. Reconocer nuestros mejores momentos del día, nuestro entorno favorable, los días más propicios y demás que facilitan el conocimiento.

Y con esa información elaborar entonces un plan mejor estructurado al aprovecharla para saber cuándo somos más receptivos al conocimiento.

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Gran parte del meollo de la metacognición es también determinar nuestro progreso. Saber realmente que hemos avanzado y como. Una manera relativamente sencilla de incorporar esto en nuestras vidas es preguntándonos: ¿Qué estoy entendiendo? 

Esa pequeña pregunta es el diferencial entre un aprendizaje que únicamente utiliza la repetición y la memoria y uno que provoca el conocimiento y entendimiento real.

Nada de esto funcionaría si no somos críticos con nosotros mismos. Poder validar las respuestas que nos damos a nosotros mismos en un argumento lógico y en la medida de lo posible con evidencia para realmente ser francos y ajustar nuestros procesos.

El pensamiento crítico no ayuda únicamente en nuestro juicio, sino en nuestro aprendizaje al permitirnos filtrar mejor el conocimiento real del falso. Lo útil de lo inútil. Identificar información que es cierta para estructurar nuestro aprendizaje de manera tal que sirva realmente y no sea una pérdida de tiempo. 

Les daré un ejemplo básico de cómo aplicar tanto la metacognición como el pensamiento crítico en el autodidactismo.


Caso de estudio: Aprender un idioma


Primero usaremos el pensamiento crítico para determinar las mejores herramientas para aprender un idioma. ¿Cómo puedo decir que lo he aprendido? Cuando lo entiendo hablado y escrito y a su vez, puedo hablarlo y escribirlo de manera correcta.

Es la parte más fundamental. Tenemos ya nuestro examen final, nuestra prueba de logro.

¿Qué estructura le daremos al curso? Hay que observar cómo aprendimos nuestro idioma:

  1. Escuchamos a nuestro alrededor.
  2. Balbuceamos y hablamos en repetición a lo que oímos.
  3. Eventualmente aprendemos a leer y escribir.
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Por tanto, nuestras prioridades deberían ser las mismas pues nuestro cerebro así está organizado: entender auditivamente primero, ser capaces de pronunciar segundo y comunicarnos textualmente después

En la adultez sin embargo, es posible que la lectura y la escritura sean habilidades altamente desarrolladas y compitan con la pronunciación en cuyo caso lo mejor sería darles una prioridad similar, ya que de nada sirve realmente escribir si no podemos hablarlo.

Ahora viene la parte de la metacognición también: ¿Qué nos sirve mejor?

Para el primer punto determinar si nos funciona escuchar música, podcast, series, películas, audiolibros, etc. Para ir escuchando la pronunciación correcta y que nuestro cerebro y oídos reconozcan sus matices.

Dentro de ello, también el temario. Si seguir alguna estructura formal o consumir contenidos simples. No es lo mismo aprenderlo viendo un documental científico que una serie televisiva y son estos detalles los que metacognitivamente debemos reconocer.


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Investigar cómo haremos la prueba de dicción, si con un software con reconocimiento de voz o con personas reales. Y lo mismo para la parte escrita y leída, que de esto hay muchísimas más opciones. 

Y también deberemos formalizar el conocimiento. Igual que cuando aprendimos nuestro idioma natal, primero en base a entendimiento puro y repetición y después formalizamos con una educación estructurada, así deberíamos realizarlo también con el nuevo idioma.

Ya lo entendemos, ya lo hablamos, ya lo familiarizamos. Ahora toca leer sus reglas, su estructura, su formalidad. Para así poder terminar de conocerlo. Acercarnos lo más posible -o superarlo, ¿por qué no?- al nativo del lenguaje. 

Todavía no acabamos


Para finalizar un post algo más largo de lo normal: hoy vimos acerca de cómo pensar en pensar para conocernos mejor y con ello saber qué nos sirve y también acerca de ser críticos para filtrar correctamente lo que es útil de lo que no. En el siguiente post hablaremos sobre métodos de aprendizaje, lo necesario para persistir y qué hacer cuando no sabemos qué hacer.

Aprender a aprender no es solo una habilidad, es una forma de vida. Es elegir el asombro frente a la apatía, la búsqueda frente a la pasividad. Y si tú también sientes que el mundo tiene más por enseñarte que lo que cabe en un aula, entonces bienvenido: este viaje apenas comienza.

Si tienes alguna duda o algo en lo que quisieras profundizar más, ¡no dudes en decírmelo en comentarios o redes sociales!



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La primera vez que sentí que necesitaba tomar acción respecto a mi educación fue empezando primaria. Lo sé, tan pequeño y ya preocupado por cosas que nada que ver con la infancia. Mi maestra de primero dijo en una clase: “Todas las letras debemos empezarlas por la parte superior” Ella estaba hablando de cómo escribir a mano. Pero no me hacía sentido.

Veía el alfabeto en la pared y algunas letras no me hacía sentido que empezaran por arriba, simplemente la “e” veía más lógico empezar por el medio. Tal vez era sólo un caso de abreviar de más o de problemas de comunicación, pero no se aclaró ni cuando pregunté y me dejó reflexionando. Quise aprender a mi manera.

Años después intenté entrar en un curso de inglés y computación externo que fueron a ofrecer a la primaria y que mis padres por alguna razón decidieron que si podía tomar. El curso empezaba explicando cómo usar de manera rudimentaria programas como “Word”, pero para mí eso no era computación. Computación era aprender a usar el dispositivo, no un programa en específico: la primera serviría para abrir las puertas a ese mundo, la segunda para limitarte a ese programa. Tenía que aprender por mi cuenta. Me salí del curso.


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Muchos de ustedes que sean cercanos a los 30 años o superiores de edad probablemente recuerden cuando los primeros computadores traían enciclopedias como la “Encarta”. Para mi fue abrirme al mundo. Consumí ese programa. Aprendía más ahí que en la escuela. Y entonces mis padres decidieron contratar internet y descubrí que Encarta se quedaba corta.

Escalonadamente a través de mi vida se fue desarrollando la necesidad de aprender a aprender. Cuando mis maestros fallaron en algo. Cuando los cursos no enseñaban lo que debían. Cuando vi que no tenía que limitarme a la información que me quisieran dar, sino a la que podía alcanzar.


Problemas de arrogancia


No era raro que después en la escuela ya supiera algunos de los temas que empezábamos a ver. O que directamente supiera que estaban equivocados, como cuando en la secundaria nos enseñaron el átomo y dijeron que era la partícula más elemental, cuando en ese fecha ya se sabía que estaban los electrones, neutrones, protones y demás. 

Los maestros me calificaron de problemático. Mi interés por la educación disminuyó. Tuve problemas… pero no podían hacerme nada porque contestaba bien prácticamente todo. 

Supongo que realmente es un aspecto más cultural que otra cosa: respetar la cadena de mando. No cuestiones a tus mayores. Ellos saben más que tú. Pero esto no siempre es verdad.

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Así que decidí desde muy joven que el autodidactismo, aprender por mi mismo era algo que haría por el resto de mi vida. No sólo por los errores que había detectado y he mencionado -más otros que no diré porque nos quedamos aquí toda la noche- sino porque había descubierto cosas maravillosas.

¿Cómo era posible -me preguntaba- que la gente anduviera como si nada en la calle cuando estamos compuestos de “mini sistemas solares”? ¿Cómo podían no estar viendo a las estrellas todas las noches sabiendo que son bolas de fuego gigantescas? Me fascinaba lo que veía y la magnitud de desconocimiento en frente de mi, que la escuela se me quedaba corta.

Han pasado años desde entonces y puedo decir con alegría y confianza que me ha funcionado ser autodidacta. He aprendido un idioma solo, he conseguido trabajo en base a lo aprendido por mi y no por la escuela, he logrado destacar en el deporte gracias a mis entrenamientos creados por mi, etc. 

Y quiero traerles hoy una guía -la primera de dos partes- sobre cómo podrían ustedes también aprender a aprender.


Metacognición y Pensamiento crítico 


Aprender a aprender implica necesariamente un proceso de pensamiento más elevado. Es reflexionar sobre nosotros mismos, sobre lo que somos y hacemos. Entender que aunque seamos el jugador, seremos juez también. Es pensar sobre pensar. O dicho más formal: cognición sobre la cognición

El autoaprendizaje requiere forzosamente que seamos capaces de entendernos a un nivel más profundo para determinar con mayor franqueza lo que necesitamos. Saber que nos funciona para aprender, por qué nos funciona, cómo corregir en caso de que no.

Suena sencillo pero no lo es. Probablemente te ha pasado que no entiendes por qué determinado día te fue muy bien y otro no. Desarrollar la metacognición implica indagar en ello para saber que nos funciona para aprender y que no. Reconocer nuestros mejores momentos del día, nuestro entorno favorable, los días más propicios y demás que facilitan el conocimiento.

Y con esa información elaborar entonces un plan mejor estructurado al aprovecharla para saber cuándo somos más receptivos al conocimiento.

Image

Gran parte del meollo de la metacognición es también determinar nuestro progreso. Saber realmente que hemos avanzado y como. Una manera relativamente sencilla de incorporar esto en nuestras vidas es preguntándonos: ¿Qué estoy entendiendo? 

Esa pequeña pregunta es el diferencial entre un aprendizaje que únicamente utiliza la repetición y la memoria y uno que provoca el conocimiento y entendimiento real.

Nada de esto funcionaría si no somos críticos con nosotros mismos. Poder validar las respuestas que nos damos a nosotros mismos en un argumento lógico y en la medida de lo posible con evidencia para realmente ser francos y ajustar nuestros procesos.

El pensamiento crítico no ayuda únicamente en nuestro juicio, sino en nuestro aprendizaje al permitirnos filtrar mejor el conocimiento real del falso. Lo útil de lo inútil. Identificar información que es cierta para estructurar nuestro aprendizaje de manera tal que sirva realmente y no sea una pérdida de tiempo. 

Les daré un ejemplo básico de cómo aplicar tanto la metacognición como el pensamiento crítico en el autodidactismo.


Caso de estudio: Aprender un idioma


Primero usaremos el pensamiento crítico para determinar las mejores herramientas para aprender un idioma. ¿Cómo puedo decir que lo he aprendido? Cuando lo entiendo hablado y escrito y a su vez, puedo hablarlo y escribirlo de manera correcta.

Es la parte más fundamental. Tenemos ya nuestro examen final, nuestra prueba de logro.

¿Qué estructura le daremos al curso? Hay que observar cómo aprendimos nuestro idioma:

  1. Escuchamos a nuestro alrededor.
  2. Balbuceamos y hablamos en repetición a lo que oímos.
  3. Eventualmente aprendemos a leer y escribir.
Image

Por tanto, nuestras prioridades deberían ser las mismas pues nuestro cerebro así está organizado: entender auditivamente primero, ser capaces de pronunciar segundo y comunicarnos textualmente después

En la adultez sin embargo, es posible que la lectura y la escritura sean habilidades altamente desarrolladas y compitan con la pronunciación en cuyo caso lo mejor sería darles una prioridad similar, ya que de nada sirve realmente escribir si no podemos hablarlo.

Ahora viene la parte de la metacognición también: ¿Qué nos sirve mejor?

Para el primer punto determinar si nos funciona escuchar música, podcast, series, películas, audiolibros, etc. Para ir escuchando la pronunciación correcta y que nuestro cerebro y oídos reconozcan sus matices.

Dentro de ello, también el temario. Si seguir alguna estructura formal o consumir contenidos simples. No es lo mismo aprenderlo viendo un documental científico que una serie televisiva y son estos detalles los que metacognitivamente debemos reconocer.


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Investigar cómo haremos la prueba de dicción, si con un software con reconocimiento de voz o con personas reales. Y lo mismo para la parte escrita y leída, que de esto hay muchísimas más opciones. 

Y también deberemos formalizar el conocimiento. Igual que cuando aprendimos nuestro idioma natal, primero en base a entendimiento puro y repetición y después formalizamos con una educación estructurada, así deberíamos realizarlo también con el nuevo idioma.

Ya lo entendemos, ya lo hablamos, ya lo familiarizamos. Ahora toca leer sus reglas, su estructura, su formalidad. Para así poder terminar de conocerlo. Acercarnos lo más posible -o superarlo, ¿por qué no?- al nativo del lenguaje. 

Todavía no acabamos


Para finalizar un post algo más largo de lo normal: hoy vimos acerca de cómo pensar en pensar para conocernos mejor y con ello saber qué nos sirve y también acerca de ser críticos para filtrar correctamente lo que es útil de lo que no. En el siguiente post hablaremos sobre métodos de aprendizaje, lo necesario para persistir y qué hacer cuando no sabemos qué hacer.

Aprender a aprender no es solo una habilidad, es una forma de vida. Es elegir el asombro frente a la apatía, la búsqueda frente a la pasividad. Y si tú también sientes que el mundo tiene más por enseñarte que lo que cabe en un aula, entonces bienvenido: este viaje apenas comienza.

Si tienes alguna duda o algo en lo que quisieras profundizar más, ¡no dudes en decírmelo en comentarios o redes sociales!



Diego Arquieta

Ingeniero, fotógrafo, escritor, lector, autodidacta, deportista.

Nací en Monterrey, México y desde pequeño he tenido una curiosidad insaciable, de ahí nace mi autodidactismo más puro, al necesitar constantemente aprender de todo.
Mis gustos son extremadamente variados, desde los cómics hasta Nietzsche; desde senderismo en la montaña hasta desarrollo web.
Busco en la vida una incesante mejora y la oportunidad de vivir nuevas y mejores aventuras mientras ayudo al mundo al lado de Belinda.