Tengo que confesar que tengo cierta debilidad por el romanticismo de la lectura en los viajes. Imaginarme por ahí en una ciudad nueva mientras la recorro con un libro conmigo.
Como tratando de decir que no solamente mi cuerpo viaja, sino también mi mente. Y con ambos, sentimientos nuevos y únicos.
Lo cierto es que después durante el viaje no siempre lo traigo. Entre libros, prisas y cámaras, muchas veces tengo que elegir. Pero siempre, siempre lo llevo porque sé que al menos en el trayecto -avión, camión, barco, etc- habrá tiempo muerto.
Y es una gran ventaja traer un libro -aunque nos quite algo de espacio y peso en la maleta- porque no dependemos de baterías, de señal ni nada. Si batallas para implementar la lectura es una excelente manera de “forzarlo” y si la disfrutas es también una excelente manera de aprovechar el tiempo.

Introspección
Es claro que la lectura nos ayuda a conocer partes de nosotros mismos. Nos reflejamos de alguna manera en las historias y los conocimientos nuevos. Vemos aspectos nuevos que deseamos en nosotros. También empatizamos con la aventura de diferentes maneras.
Pero tal vez no tan evidente es el hecho de que los viajes tienen ese mismo poder. Lugares, experiencias, personas y ambientes nuevos terminan dejando su huella en nosotros. Nos hace reconocernos de maneras diferentes e increíbles. Provoca un desarrollo interno en lo que somos, lo que queremos y de lo que nos rodeamos.
Tal vez sea esa la razón de que muchas personas a través de la historia realizan ambos al mismo tiempo. Aprovechar los distintos tiempos muertos para seguir en el mismo estado de descubrimiento y reconocimiento.

El poder doble
Pero qué pasa si aparte de todo esto, nuestra lectura se desenvuelve en el lugar al que vamos. Si es una historia que sucede ahí o un autor del lugar. O alguien que describe el sitio. Fortalecemos al retroalimentar de diferentes maneras nuestra aventura. Los tiempos muertos se convierten en tiempos vivos al permitirnos seguir descubriendo el lugar incluso cuando estamos limitados en recorrerlo.
Sin mencionar que nos permite reducir el estrés y la sensación de espera. Es sabido por los lectores habituales que mientras estás leyendo el tiempo pasa diferente. Así de repente, una espera en un banco de la terminal no se siente eterna, sino fugaz al cobijo de las historias.
Y eso sin olvidar como les mencioné en Miedo, a nuestra memoria le gusta crear anclas. Leer un libro en un viaje se impregna del mismo. Eventualmente, en un futuro, verás ese libro en tu casa. O lo volverás a leer. O alguien lo mencionará. E indefectiblemente vendrán a ti recuerdos del viaje y lo que viviste. Volverás a vivir.
Y tú, ¿qué libro te ha acompañado en un viaje inolvidable? ¡Cuéntame en los comentarios o redes sociales!
Tengo que confesar que tengo cierta debilidad por el romanticismo de la lectura en los viajes. Imaginarme por ahí en una ciudad nueva mientras la recorro con un libro conmigo.
Como tratando de decir que no solamente mi cuerpo viaja, sino también mi mente. Y con ambos, sentimientos nuevos y únicos.
Lo cierto es que después durante el viaje no siempre lo traigo. Entre libros, prisas y cámaras, muchas veces tengo que elegir. Pero siempre, siempre lo llevo porque sé que al menos en el trayecto -avión, camión, barco, etc- habrá tiempo muerto.
Y es una gran ventaja traer un libro -aunque nos quite algo de espacio y peso en la maleta- porque no dependemos de baterías, de señal ni nada. Si batallas para implementar la lectura es una excelente manera de “forzarlo” y si la disfrutas es también una excelente manera de aprovechar el tiempo.

Introspección
Es claro que la lectura nos ayuda a conocer partes de nosotros mismos. Nos reflejamos de alguna manera en las historias y los conocimientos nuevos. Vemos aspectos nuevos que deseamos en nosotros. También empatizamos con la aventura de diferentes maneras.
Pero tal vez no tan evidente es el hecho de que los viajes tienen ese mismo poder. Lugares, experiencias, personas y ambientes nuevos terminan dejando su huella en nosotros. Nos hace reconocernos de maneras diferentes e increíbles. Provoca un desarrollo interno en lo que somos, lo que queremos y de lo que nos rodeamos.
Tal vez sea esa la razón de que muchas personas a través de la historia realizan ambos al mismo tiempo. Aprovechar los distintos tiempos muertos para seguir en el mismo estado de descubrimiento y reconocimiento.

El poder doble
Pero qué pasa si aparte de todo esto, nuestra lectura se desenvuelve en el lugar al que vamos. Si es una historia que sucede ahí o un autor del lugar. O alguien que describe el sitio. Fortalecemos al retroalimentar de diferentes maneras nuestra aventura. Los tiempos muertos se convierten en tiempos vivos al permitirnos seguir descubriendo el lugar incluso cuando estamos limitados en recorrerlo.
Sin mencionar que nos permite reducir el estrés y la sensación de espera. Es sabido por los lectores habituales que mientras estás leyendo el tiempo pasa diferente. Así de repente, una espera en un banco de la terminal no se siente eterna, sino fugaz al cobijo de las historias.
Y eso sin olvidar como les mencioné en Miedo, a nuestra memoria le gusta crear anclas. Leer un libro en un viaje se impregna del mismo. Eventualmente, en un futuro, verás ese libro en tu casa. O lo volverás a leer. O alguien lo mencionará. E indefectiblemente vendrán a ti recuerdos del viaje y lo que viviste. Volverás a vivir.
Y tú, ¿qué libro te ha acompañado en un viaje inolvidable? ¡Cuéntame en los comentarios o redes sociales!

Diego Arquieta
Ingeniero, fotógrafo, escritor, lector, autodidacta, deportista.
Nací en Monterrey, México y desde pequeño he tenido una curiosidad insaciable, de ahí nace mi autodidactismo más puro, al necesitar constantemente aprender de todo.
Mis gustos son extremadamente variados, desde los cómics hasta Nietzsche; desde senderismo en la montaña hasta desarrollo web.
Busco en la vida una incesante mejora y la oportunidad de vivir nuevas y mejores aventuras mientras ayudo al mundo al lado de Belinda.
