Una de las veces que más tristeza sentí en la vida fue justo cuando entendí lo increíblemente difícil que es hacer que la gente se interese por la ciencia. Y es que no hablo de aprender ecuaciones, sino de interesarse en aspectos que causan maravilla y asombro como el que todas las células del revestimiento gástrico se reemplazan cada 3 a 5 días para evitar que los jugos gástricos te digieran por dentro o que las medusas Turritopsis dohrnii pueden ser biológicamente inmortales porque tienen la capacidad de revertir su ciclo de vida y volver al estado de pólipo indefinidamente.
O de aspectos que directamente involucran sus vidas, como aprender a invertir el dinero usando las ecuaciones para los intereses o que el desodorante cambia el ph de la piel y evita el crecimiento de bacterias.
Aprovechar el conocimiento que se ha ido generando a través del esfuerzo conjunto de toda la humanidad debería ser un aspecto fundamental de la sociedad actual. Más ahora, que tenemos fácilmente accesible estos datos al click de nuestras manos. Y sigo viendo gente que se queda con la duda ante muchas situaciones y preguntas que podrían resolver de manera sencilla e inmediata.
Y entonces un día de tantos escuché por ahí que la ignorancia es felicidad. Saber menos suele implicar menos complicaciones, menos responsabilidades y menos conciencia ante todo. No es raro escuchar esta frase -que es de un poema de Thomas Gray: Oda a una perspectiva lejana del Colegio de Eton. ¿Lo sabías?- como una defensa. Como un pretexto ante la negativa de aprender. ¿Para qué hacerlo? Sólo me va a dar problemas.
Algunas veces, aquellos que han querido fundamentar un poco ante esto, mencionan casos de personas inteligentes que han sufrido depresión. Tesla, Nietzsche, Einstein -que realmente no tuvo depresión, pero si se le suele citar comúnmente en este aspecto- salen en pláticas al respecto. Y aunque hay algo de cierto en esto, como todo, tiene sus matices.

Gama de emociones
¿Qué prefieres tú: ser prácticamente una piedra y no tener emociones ni vivencias o conocer el mundo y sus sentimientos? Imagina por un momento los escenarios.
En uno de ellos tienes la opción de la ignorancia. No conoces casi nada, no te preocupa casi nada. Vas en automático por la vida, libre de estrés. Pero el otro lado de la moneda suele ser ignorado.
Esta ignorancia implica a su vez menos razones para estar feliz. Menor capacidad de asombro. Menos aventura. Te reduces prácticamente a ser un ente vegetal, cumpliendo mecánicamente las funciones que se esperan, con algún chispazo bueno y algún tropiezo malo.
Ahora imagina el otro escenario. Tienes la opción del conocimiento. Sí, al conocer más cosas y a más profundidad es inevitable aumentar las posibilidades de las emociones negativas. El enojo, la ira, la tristeza y la soledad. El sentirse aislado al no sentirse comprendido de la misma manera que uno comprende a los demás.
Pero esta opción conlleva a su vez una gama mucho más amplia de emociones positivas. No andar en automático. Sentir plenitud, felicidad, regocijo, amor. Incluso ante cosas aparentemente pequeñas como el cantar de pájaros o los rayos del amanecer al comprender lo que hay detrás.
Las posibilidades de la tristeza aumentan en la misma medida que lo hacen las de la felicidad.

El conocimiento que irradia alegría
He visto a gente altamente inteligente ser feliz. Lo más cercano que tengo en mi vida a un ídolo es Carl Sagan -entre otros- que irradiaba alegría y esperanza, aún al estar altamente inmiscuido y enterado de las catástrofes globales, conflictos militares y problemas económicos a un detalle que muchos no alcanzaríamos a comprender.
Y es que solemos identificar la inteligencia como la capacidad de saber datos. De procesarlos. De reaccionar rápidamente ante los hechos. Se nos suele olvidar que la inteligencia, aún en toda su complejidad para definirla, también puede ser emocional.
Es cierto que conforme se amplía la perspectiva del mundo, las malas noticias terminan pesando. Pero la madurez emocional cuando está presente nos ayuda a darle el peso correcto y el sentido a nuestro alrededor. Es cierto que alguien ignorante no tendrá nunca un pesar respecto a zonas en guerra lejanas, pero alguien que sí y con madurez emocional entenderá que si bien es algo terrible, la labor inmediata es no decaer y promover a nuestro alrededor empatía y solidaridad.
Entender que el mundo no es perfecto y aceptarlo es el primer paso hacia un estado de calma y felicidad. Saber que si bien nos afecta emocionalmente las malas noticias y acciones en el mundo, no son realmente nuestra responsabilidad. Y reconocer y aceptar que nuestras palabras y acciones tienen un alcance limitado pero no por ello son menos valiosas.
El pensamiento correcto dicho de la manera correcta aumentará su alcance muchísimo, pero son tantos los factores que intervienen que no podemos controlarlo realmente. Aceptar el azar también implica reducir nuestro pesar.

El poder de la comunidad
Vivir en la ignorancia no es muy distinto de vivir solo en una isla desierta. Nuestra mente no acepta lo nuevo. No visualiza el cambio. Se estanca y se deteriora rápidamente. Considero que no vale la pena vivir así realmente.
Gran parte de nuestro éxito evolutivo, del éxito como sociedad y del éxito en la historia humana ha sido precisamente por desafiar siempre a la ignorancia. Por entender el patrón de la naturaleza y sus estaciones. El cambio del viento y el clima. El tono de voz y su consecuente humor en nuestro semejantes.
Todas estas cosas implican no solamente atención, sino conocimiento. Dejar atrás la ignorancia. Y esto en sí, es más sencillo en comunidad que individualmente. La comunidad que se comunica es menos ignorante. Y más feliz. Siente la sinceridad a su alrededor y un entorno menos cargado de mentiras y oscurantismo.
La ignorancia no puede crear la felicidad, carece de los medios. El conocimiento, por otro lado, cuando se acompaña de inteligencia emocional, promueve la realización personal, la comunidad y un entorno siempre en mejora.
Y cuando logré entender esto, fue uno de los momentos en que más feliz me sentí en la vida. El mundo entero, la sociedad y la ciencia podían ser disfrutados. La vida tenía sentido. Sólo implica que es necesario tener fortaleza. Y conocimiento. Ambos hoy al alcance de la mano.

Una de las veces que más tristeza sentí en la vida fue justo cuando entendí lo increíblemente difícil que es hacer que la gente se interese por la ciencia. Y es que no hablo de aprender ecuaciones, sino de interesarse en aspectos que causan maravilla y asombro como el que todas las células del revestimiento gástrico se reemplazan cada 3 a 5 días para evitar que los jugos gástricos te digieran por dentro o que las medusas Turritopsis dohrnii pueden ser biológicamente inmortales porque tienen la capacidad de revertir su ciclo de vida y volver al estado de pólipo indefinidamente.
O de aspectos que directamente involucran sus vidas, como aprender a invertir el dinero usando las ecuaciones para los intereses o que el desodorante cambia el ph de la piel y evita el crecimiento de bacterias.
Aprovechar el conocimiento que se ha ido generando a través del esfuerzo conjunto de toda la humanidad debería ser un aspecto fundamental de la sociedad actual. Más ahora, que tenemos fácilmente accesible estos datos al click de nuestras manos. Y sigo viendo gente que se queda con la duda ante muchas situaciones y preguntas que podrían resolver de manera sencilla e inmediata.
Y entonces un día de tantos escuché por ahí que la ignorancia es felicidad. Saber menos suele implicar menos complicaciones, menos responsabilidades y menos conciencia ante todo. No es raro escuchar esta frase -que es de un poema de Thomas Gray: Oda a una perspectiva lejana del Colegio de Eton. ¿Lo sabías?- como una defensa. Como un pretexto ante la negativa de aprender. ¿Para qué hacerlo? Sólo me va a dar problemas.
Algunas veces, aquellos que han querido fundamentar un poco ante esto, mencionan casos de personas inteligentes que han sufrido depresión. Tesla, Nietzsche, Einstein -que realmente no tuvo depresión, pero si se le suele citar comúnmente en este aspecto- salen en pláticas al respecto. Y aunque hay algo de cierto en esto, como todo, tiene sus matices.

Gama de emociones
¿Qué prefieres tú: ser prácticamente una piedra y no tener emociones ni vivencias o conocer el mundo y sus sentimientos? Imagina por un momento los escenarios.
En uno de ellos tienes la opción de la ignorancia. No conoces casi nada, no te preocupa casi nada. Vas en automático por la vida, libre de estrés. Pero el otro lado de la moneda suele ser ignorado.
Esta ignorancia implica a su vez menos razones para estar feliz. Menor capacidad de asombro. Menos aventura. Te reduces prácticamente a ser un ente vegetal, cumpliendo mecánicamente las funciones que se esperan, con algún chispazo bueno y algún tropiezo malo.
Ahora imagina el otro escenario. Tienes la opción del conocimiento. Sí, al conocer más cosas y a más profundidad es inevitable aumentar las posibilidades de las emociones negativas. El enojo, la ira, la tristeza y la soledad. El sentirse aislado al no sentirse comprendido de la misma manera que uno comprende a los demás.
Pero esta opción conlleva a su vez una gama mucho más amplia de emociones positivas. No andar en automático. Sentir plenitud, felicidad, regocijo, amor. Incluso ante cosas aparentemente pequeñas como el cantar de pájaros o los rayos del amanecer al comprender lo que hay detrás.
Las posibilidades de la tristeza aumentan en la misma medida que lo hacen las de la felicidad.

El conocimiento que irradia alegría
He visto a gente altamente inteligente ser feliz. Lo más cercano que tengo en mi vida a un ídolo es Carl Sagan -entre otros- que irradiaba alegría y esperanza, aún al estar altamente inmiscuido y enterado de las catástrofes globales, conflictos militares y problemas económicos a un detalle que muchos no alcanzaríamos a comprender.
Y es que solemos identificar la inteligencia como la capacidad de saber datos. De procesarlos. De reaccionar rápidamente ante los hechos. Se nos suele olvidar que la inteligencia, aún en toda su complejidad para definirla, también puede ser emocional.
Es cierto que conforme se amplía la perspectiva del mundo, las malas noticias terminan pesando. Pero la madurez emocional cuando está presente nos ayuda a darle el peso correcto y el sentido a nuestro alrededor. Es cierto que alguien ignorante no tendrá nunca un pesar respecto a zonas en guerra lejanas, pero alguien que sí y con madurez emocional entenderá que si bien es algo terrible, la labor inmediata es no decaer y promover a nuestro alrededor empatía y solidaridad.
Entender que el mundo no es perfecto y aceptarlo es el primer paso hacia un estado de calma y felicidad. Saber que si bien nos afecta emocionalmente las malas noticias y acciones en el mundo, no son realmente nuestra responsabilidad. Y reconocer y aceptar que nuestras palabras y acciones tienen un alcance limitado pero no por ello son menos valiosas.
El pensamiento correcto dicho de la manera correcta aumentará su alcance muchísimo, pero son tantos los factores que intervienen que no podemos controlarlo realmente. Aceptar el azar también implica reducir nuestro pesar.

El poder de la comunidad
Vivir en la ignorancia no es muy distinto de vivir solo en una isla desierta. Nuestra mente no acepta lo nuevo. No visualiza el cambio. Se estanca y se deteriora rápidamente. Considero que no vale la pena vivir así realmente.
Gran parte de nuestro éxito evolutivo, del éxito como sociedad y del éxito en la historia humana ha sido precisamente por desafiar siempre a la ignorancia. Por entender el patrón de la naturaleza y sus estaciones. El cambio del viento y el clima. El tono de voz y su consecuente humor en nuestro semejantes.
Todas estas cosas implican no solamente atención, sino conocimiento. Dejar atrás la ignorancia. Y esto en sí, es más sencillo en comunidad que individualmente. La comunidad que se comunica es menos ignorante. Y más feliz. Siente la sinceridad a su alrededor y un entorno menos cargado de mentiras y oscurantismo.
La ignorancia no puede crear la felicidad, carece de los medios. El conocimiento, por otro lado, cuando se acompaña de inteligencia emocional, promueve la realización personal, la comunidad y un entorno siempre en mejora.
Y cuando logré entender esto, fue uno de los momentos en que más feliz me sentí en la vida. El mundo entero, la sociedad y la ciencia podían ser disfrutados. La vida tenía sentido. Sólo implica que es necesario tener fortaleza. Y conocimiento. Ambos hoy al alcance de la mano.


Diego Arquieta
Ingeniero, fotógrafo, escritor, lector, autodidacta, deportista.
Nací en Monterrey, México y desde pequeño he tenido una curiosidad insaciable, de ahí nace mi autodidactismo más puro, al necesitar constantemente aprender de todo.
Mis gustos son extremadamente variados, desde los cómics hasta Nietzsche; desde senderismo en la montaña hasta desarrollo web.
Busco en la vida una incesante mejora y la oportunidad de vivir nuevas y mejores aventuras mientras ayudo al mundo al lado de Belinda.
