¿Dónde te gustaría vivir?

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¿Dónde te gustaría vivir? Es una pregunta sencilla que tiene una connotación demasiado poderosa. Y una cantidad prácticamente infinita de respuestas. ¿En tu país natal o en otro? ¿En tu estado actual o en otro? ¿En una casa? ¿Departamento? ¿Colonia privada o cerrada? ¿En una casa rodante viajando? 

Preguntarnos donde muchas veces implica así mismo un como. Y es que se solapan en gran medida en las ideas. ¿Viajando? ¿En un entorno seguro? ¿Abierto o cerrado? ¿Al natural o entre el concreto? ¿Sólo o en comunidad?

En las visiones que nos vamos formando a través del tiempo lo más común -al menos que he leído y me han platicado- es vernos en un lugar que nos proteja del medio ambiente, lo suficientemente amplio y cómodo para almacenar nuestros artilugios personales y descansar.

Pero olvidamos muchas veces que hay algo igual de importante que el lugar físico y es: el lugar emocional.

De nada sirve la casa más lujosa, grande y bonita si nos sentimos mal. Si estamos tristes y desamparados. Y la casa más pequeña y descuidada puede pasar desapercibida cuando estamos contentos y entusiasmados. Vivimos no sólo en un entorno de tierra, mar y aire, sino de risas, llantos y abrazos.


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Entender esto es necesario conforme crecemos pero siento que no se le da la importancia. Claro que muchas veces en muchos lados promueven el lazo familiar pero se queda corto ante la cruda evidencia de que la familia no siempre es el lugar ideal. Guiarnos por lazos de sangre que no podemos controlar es como una lotería: si te toca suerte es lo mejor del mundo, pero si no, muy probablemente estarás en la ruina.

Tener donde caer cuando el mundo nos quiebra y derriba es uno de los factores más fundamentales para sobrellevar la vida. En la misma medida que el mundo es increíble y maravilloso también es duro y hostil simplemente porque es indiferente

El ser humano a través de toda la historia ha tenido dificultades para asimilar esto. Es difícil. Nos deja como niños desamparados ante la tempestad, sin nada que hacer más que reaccionar ante ella. Pero el miedo no debería ser factor para inventar cosas, sino un motivante para entenderlas. Reaccionar mejor es lo único que nos queda. 

Y ante ello, cuando la tormenta arrecia y parece derribarnos, tener unos brazos que nos sostengan se vuelve clave para persistir. Ser estoicos, positivos y aguerridos es más sencillo cuando tenemos un anclaje donde apoyarnos. Toda palanca necesita un punto de apoyo para mover montañas.


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En las dificultades, atenuarlo es nuestro factor de alivio. Pero en las alegrías es lo contrario.

Que nos exponencien los momentos felices es algo difícil de explicar. La sonrisa tiene un inicio y un final pero en los círculos de personas correctas se deslimita, crece desafiando toda lógica e inundándolo todo. Es el mar bravío que apaga los fuegos del mundo a nuestro alrededor. Que nos refresca e imbuye de entusiasmo y alegría para movernos durante días, semanas y años al rememorar que tenemos quien nos acompañe en los momentos buenos y no solamente en los malos.

Todo ser humano en este mundo debería saber que necesita de estos dos lugares en su vida donde radicar cuando la rutina se rompe. Porque no se trata sólo de tener un techo o una dirección: se trata de saber dónde resistir… y dónde florecer.


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¿Dónde te gustaría vivir? Es una pregunta sencilla que tiene una connotación demasiado poderosa. Y una cantidad prácticamente infinita de respuestas. ¿En tu país natal o en otro? ¿En tu estado actual o en otro? ¿En una casa? ¿Departamento? ¿Colonia privada o cerrada? ¿En una casa rodante viajando? 

Preguntarnos donde muchas veces implica así mismo un como. Y es que se solapan en gran medida en las ideas. ¿Viajando? ¿En un entorno seguro? ¿Abierto o cerrado? ¿Al natural o entre el concreto? ¿Sólo o en comunidad?

En las visiones que nos vamos formando a través del tiempo lo más común -al menos que he leído y me han platicado- es vernos en un lugar que nos proteja del medio ambiente, lo suficientemente amplio y cómodo para almacenar nuestros artilugios personales y descansar.

Pero olvidamos muchas veces que hay algo igual de importante que el lugar físico y es: el lugar emocional.

De nada sirve la casa más lujosa, grande y bonita si nos sentimos mal. Si estamos tristes y desamparados. Y la casa más pequeña y descuidada puede pasar desapercibida cuando estamos contentos y entusiasmados. Vivimos no sólo en un entorno de tierra, mar y aire, sino de risas, llantos y abrazos.


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Entender esto es necesario conforme crecemos pero siento que no se le da la importancia. Claro que muchas veces en muchos lados promueven el lazo familiar pero se queda corto ante la cruda evidencia de que la familia no siempre es el lugar ideal. Guiarnos por lazos de sangre que no podemos controlar es como una lotería: si te toca suerte es lo mejor del mundo, pero si no, muy probablemente estarás en la ruina.

Tener donde caer cuando el mundo nos quiebra y derriba es uno de los factores más fundamentales para sobrellevar la vida. En la misma medida que el mundo es increíble y maravilloso también es duro y hostil simplemente porque es indiferente

El ser humano a través de toda la historia ha tenido dificultades para asimilar esto. Es difícil. Nos deja como niños desamparados ante la tempestad, sin nada que hacer más que reaccionar ante ella. Pero el miedo no debería ser factor para inventar cosas, sino un motivante para entenderlas. Reaccionar mejor es lo único que nos queda. 

Y ante ello, cuando la tormenta arrecia y parece derribarnos, tener unos brazos que nos sostengan se vuelve clave para persistir. Ser estoicos, positivos y aguerridos es más sencillo cuando tenemos un anclaje donde apoyarnos. Toda palanca necesita un punto de apoyo para mover montañas.


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En las dificultades, atenuarlo es nuestro factor de alivio. Pero en las alegrías es lo contrario.

Que nos exponencien los momentos felices es algo difícil de explicar. La sonrisa tiene un inicio y un final pero en los círculos de personas correctas se deslimita, crece desafiando toda lógica e inundándolo todo. Es el mar bravío que apaga los fuegos del mundo a nuestro alrededor. Que nos refresca e imbuye de entusiasmo y alegría para movernos durante días, semanas y años al rememorar que tenemos quien nos acompañe en los momentos buenos y no solamente en los malos.

Todo ser humano en este mundo debería saber que necesita de estos dos lugares en su vida donde radicar cuando la rutina se rompe. Porque no se trata sólo de tener un techo o una dirección: se trata de saber dónde resistir… y dónde florecer.


Diego Arquieta

Ingeniero, fotógrafo, escritor, lector, autodidacta, deportista.

Nací en Monterrey, México y desde pequeño he tenido una curiosidad insaciable, de ahí nace mi autodidactismo más puro, al necesitar constantemente aprender de todo.
Mis gustos son extremadamente variados, desde los cómics hasta Nietzsche; desde senderismo en la montaña hasta desarrollo web.
Busco en la vida una incesante mejora y la oportunidad de vivir nuevas y mejores aventuras mientras ayudo al mundo al lado de Belinda.