La paradoja de los años fugaces y los días eternos

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Si te pido que imagines algún recuerdo feliz de tu infancia, ¿cuál sería? Uno de los que elegiría es la expectativa de ir a Bosque Mágico cuando estaba en la secundaria. Eran vacaciones de verano, no había escuela y a pesar de ello nos habíamos podido organizar mis amigos y yo -esto era considerablemente más difícil en la era pre-internet, donde tenías que marcar al teléfono de casa de tus amigos o ir directamente a sus casas para hablar con ellos- para ir.

No sólo eso, sino que por azares del destino mi madre sobreprotectora había cedido esa ocasión y también me había otorgado dinero. Íbamos a ir solos aparte, en una de las primeras aventuras solitarias de la vida.

Bosque Mágico era un parque de atracciones en el área metropolitana de Monterrey conocido principalmente por sus montañas rusas y juegos símiles. Así que aparte de lo mencionado, la adrenalina estaba garantizada.

Recuerdo hablar con mis amigos, planear cómo iríamos, si convenía apretujarnos en el taxi para pagar menos, cuáles juegos serían primero, qué podríamos comprar para comer. Qué haríamos saliendo, cómo regresar. La planeación involucraba también quienes sí iríamos, como ayudar a los que no tenían con qué, de qué manera convencer a los papás reticentes.

Caminar por la calle con ellos, las filas y los sabores. El tacto del asiento. La sensación de estar flotando en el juego… Puedo continuar muchísimo describiendo un sólo día. Parecía eterno.


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El tiempo que se evapora

Si te pido describir un recuerdo feliz de ahora la adultez, es muy probable que sea diferente. 

Por ejemplo, para mí un recuerdo feliz del presente es ver como Gaia aprendió a jugar con los gatos. Ver cómo superó ese pánico que tenía al observar como Camila jugaba tranquilamente con todos ellos y aprenderle que, al menos aquí, todos conviven. Ver como Gaia ahora los busca y juega es incluso terapéutico. Un recordatorio de que todos podemos cambiar para mejor.

Describirlo, aún sabiendo entrar en detalles (cuando quiero soy capaz de encontrarte cientos de maneras de decir lo mismo, pero más rico en verborrea), se siente mucho más breve a pesar de que ambas situaciones conllevan prácticamente un día. (Si le quito al recuerdo de Bosque Mágico la planeación y anticipación, me sigue quedando un recuerdo larguísimo de la visita).


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Esto es algo relativamente común. Cuando recuerdo mis días más joven, como pasaba a veces horas en la calle o viendo caricaturas o leyendo o aburrido porque llegaba un punto donde ya no hallaba qué hacer, porque el tiempo era eterno. Los días duraban muchísimo.

¿Hoy? Se me va el tiempo como agua entre las manos. Despierto temprano y entre el trabajo, ejercicio y algunas actividades rutinarias de repente ya dieron las 9 de la noche, ¿qué pasó? ¿A dónde se fue el tiempo?

Si te ha pasado esto, no estás sólo y de hecho es un fenómeno muy común que está siendo estudiado por la psicología y la neurociencia: la percepción subjetiva del tiempo. Y de cómo a prácticamente todos nos pasa igual: este sentir de que se acelera cada vez más. 

Voy a explicar un poco de que dice la ciencia hasta ahora al respecto:


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La Teoría de la Proporcionalidad: El tiempo relativo a nuestra vida

Mirar la vida basado en fracciones de seguro suena aburrido y recuerda a las partes que menos nos gustaron de la escuela. Pero aquí ayuda a establecer un punto importante: ¿Qué fracción de tu vida es un año?

Para alguien que lleva 3 años de vida, 1 año es una fracción considerable. Para alguien de 100 años un año no es nada.

Una de las teorías que más aceptación tiene radica en esto. Cada vez sentimos más rápidos los días porque nuestro cerebro va acumulando el bagaje de toda nuestra vida y al tener ya “50 vagones” -imagina un tren con vagones que va sumando uno por año- agregar un vagón apenas y marca diferencia. 

Es desoladora hasta cierto punto esta teoría, porque lo único que indica es que cada vez irá siendo más rápido el tiempo. 


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La novedad y el cerebro: El piloto automático de la rutina

Otra de las teorías más aceptadas -y para mí esta es la certera- dice que nuestro tiempo parece ir más rápido por el mero hecho de la rutina. Hacer las mismas cosas repetidamente provoca que nuestro cerebro sea más eficiente en ello y lo delegue a “automatismos”

Esto es algo que sucede realmente y que podemos ver marcadamente cuando entrenamos algo. Es precisamente una de las mayores ventajas que tenemos como homo sapiens: nuestro cerebro busca siempre ser eficiente. Entrenamos prácticamente para aprovechar esta ventaja. El deportista que hace mil tiros al día llega a un punto donde lo hace de manera automática, y entonces destina los recursos mentales a analizar otras cosas para asegurar el tiro, pero no piensa en el tiro en sí.

La persona que camina a diario no piensa ya prácticamente en caminar, va atenta a otras cosas. Su cerebro va destinando recursos conscientes a otras cosas y deja lo repetitivo para el subconsciente.

De jóvenes estamos llenos de primeras cosas: el primer día de escuela, el primer mejor amigo, el primer beso, la primera aventura, la primera pelea… todo es nuevo y excitante. Nuestro cerebro está atento a prácticamente todo. Pero al envejecer esto ya no es requerido.

De aquí también parte el hecho de que si has tenido algunas vacaciones a lugares nuevos puedes apreciar de nuevo este fenómeno. En vacaciones cortas los días vuelven a ser largos. De repente hay mucho tiempo. ¿Qué hacemos en casa que no lo sentimos? Llega a ser una pregunta si te detienes a pensar un momento en el viaje.


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Dopamina de nuevo: su “tick tock” en nuestro "Reloj Interno"

La dopamina es un neurotransmisor altamente involucrado en sensaciones de placer y motivación. Pero va disminuyendo conforme envejecemos. Menos placer y menos motivación provocan que sintamos que el tiempo pasa más veloz, por el simple hecho de no estar atentos.

Los neurocientíficos están trabajando en esta teoría tratando de medir cómo fluctúa en nuestras vidas y de qué manera afecta nuestra percepción del tiempo y como “fluimos” a través de él. Sin embargo es difícil debido precisamente a la ambigüedad de cómo cada quien percibe el tiempo fuera de una medida estándar. No tenemos un medio cíclico sincronizado a la perfección con el pasar del tiempo.


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¿Podemos "ralentizar" el tiempo? La magia de detenerse.

Hasta ahora todo parece inevitable y malas noticias. De las distintas teorías que se manejan todas indican claramente algo: El tiempo está en contra.

Pero no todo está perdido. Hay maneras que han demostrado funcionar para modificar la percepción personalizada del tiempo -y de aquí que crea que la segunda teoría es laculpable”-.

  • Aprende algo nuevo: Un hobby. Una habilidad. Alguna clase o curso. Provoca algo diferente en tu vida.
  • Viaja a lugares desconocidos: No tienes que ir a otro país. Ni siquiera a otro estado. Simplemente ve a un lugar que no forme parte de tu rutina. Alguna calle cercana a tu casa por la que nunca has pasado. Otra tienda desconocida. Algún restaurante que no conocías. Sólo salte de lo habitual.
  • Cambia tus rutinas diarias: Usa tu mano menos dominante para tus tareas comunes algunas veces. Agarra otra ruta al trabajo o al lugar que visites asiduamente. Habla con alguien diferente de vez en cuando. Usa palabras nuevas.
  • Practica la atención plena (mindfulness): Estar presente en el momento, prestando atención a los detalles de nuestras experiencias, ayuda a "anclar" los recuerdos y a hacer que el tiempo se sienta más pleno y, por lo tanto, más lento.

¿Y por qué habríamos de buscar ralentizar el tiempo en lugar de simplemente aceptar que va ir in crescendo la velocidad de nuestras vidas?

Porque no importa qué tanto te guste ir rápido, todos necesitamos un descanso. Y a veces no es obvio que lo encontremos en aquello que requiere un poco de esfuerzo, pero ahí se esconde muchas veces lo que más necesitamos.


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Si te pido que imagines algún recuerdo feliz de tu infancia, ¿cuál sería? Uno de los que elegiría es la expectativa de ir a Bosque Mágico cuando estaba en la secundaria. Eran vacaciones de verano, no había escuela y a pesar de ello nos habíamos podido organizar mis amigos y yo -esto era considerablemente más difícil en la era pre-internet, donde tenías que marcar al teléfono de casa de tus amigos o ir directamente a sus casas para hablar con ellos- para ir.

No sólo eso, sino que por azares del destino mi madre sobreprotectora había cedido esa ocasión y también me había otorgado dinero. Íbamos a ir solos aparte, en una de las primeras aventuras solitarias de la vida.

Bosque Mágico era un parque de atracciones en el área metropolitana de Monterrey conocido principalmente por sus montañas rusas y juegos símiles. Así que aparte de lo mencionado, la adrenalina estaba garantizada.

Recuerdo hablar con mis amigos, planear cómo iríamos, si convenía apretujarnos en el taxi para pagar menos, cuáles juegos serían primero, qué podríamos comprar para comer. Qué haríamos saliendo, cómo regresar. La planeación involucraba también quienes sí iríamos, como ayudar a los que no tenían con qué, de qué manera convencer a los papás reticentes.

Caminar por la calle con ellos, las filas y los sabores. El tacto del asiento. La sensación de estar flotando en el juego… Puedo continuar muchísimo describiendo un sólo día. Parecía eterno.


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El tiempo que se evapora

Si te pido describir un recuerdo feliz de ahora la adultez, es muy probable que sea diferente. 

Por ejemplo, para mí un recuerdo feliz del presente es ver como Gaia aprendió a jugar con los gatos. Ver cómo superó ese pánico que tenía al observar como Camila jugaba tranquilamente con todos ellos y aprenderle que, al menos aquí, todos conviven. Ver como Gaia ahora los busca y juega es incluso terapéutico. Un recordatorio de que todos podemos cambiar para mejor.

Describirlo, aún sabiendo entrar en detalles (cuando quiero soy capaz de encontrarte cientos de maneras de decir lo mismo, pero más rico en verborrea), se siente mucho más breve a pesar de que ambas situaciones conllevan prácticamente un día. (Si le quito al recuerdo de Bosque Mágico la planeación y anticipación, me sigue quedando un recuerdo larguísimo de la visita).


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Esto es algo relativamente común. Cuando recuerdo mis días más joven, como pasaba a veces horas en la calle o viendo caricaturas o leyendo o aburrido porque llegaba un punto donde ya no hallaba qué hacer, porque el tiempo era eterno. Los días duraban muchísimo.

¿Hoy? Se me va el tiempo como agua entre las manos. Despierto temprano y entre el trabajo, ejercicio y algunas actividades rutinarias de repente ya dieron las 9 de la noche, ¿qué pasó? ¿A dónde se fue el tiempo?

Si te ha pasado esto, no estás sólo y de hecho es un fenómeno muy común que está siendo estudiado por la psicología y la neurociencia: la percepción subjetiva del tiempo. Y de cómo a prácticamente todos nos pasa igual: este sentir de que se acelera cada vez más. 

Voy a explicar un poco de que dice la ciencia hasta ahora al respecto:


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La Teoría de la Proporcionalidad: El tiempo relativo a nuestra vida

Mirar la vida basado en fracciones de seguro suena aburrido y recuerda a las partes que menos nos gustaron de la escuela. Pero aquí ayuda a establecer un punto importante: ¿Qué fracción de tu vida es un año?

Para alguien que lleva 3 años de vida, 1 año es una fracción considerable. Para alguien de 100 años un año no es nada.

Una de las teorías que más aceptación tiene radica en esto. Cada vez sentimos más rápidos los días porque nuestro cerebro va acumulando el bagaje de toda nuestra vida y al tener ya “50 vagones” -imagina un tren con vagones que va sumando uno por año- agregar un vagón apenas y marca diferencia. 

Es desoladora hasta cierto punto esta teoría, porque lo único que indica es que cada vez irá siendo más rápido el tiempo. 


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La novedad y el cerebro: El piloto automático de la rutina

Otra de las teorías más aceptadas -y para mí esta es la certera- dice que nuestro tiempo parece ir más rápido por el mero hecho de la rutina. Hacer las mismas cosas repetidamente provoca que nuestro cerebro sea más eficiente en ello y lo delegue a “automatismos”

Esto es algo que sucede realmente y que podemos ver marcadamente cuando entrenamos algo. Es precisamente una de las mayores ventajas que tenemos como homo sapiens: nuestro cerebro busca siempre ser eficiente. Entrenamos prácticamente para aprovechar esta ventaja. El deportista que hace mil tiros al día llega a un punto donde lo hace de manera automática, y entonces destina los recursos mentales a analizar otras cosas para asegurar el tiro, pero no piensa en el tiro en sí.

La persona que camina a diario no piensa ya prácticamente en caminar, va atenta a otras cosas. Su cerebro va destinando recursos conscientes a otras cosas y deja lo repetitivo para el subconsciente.

De jóvenes estamos llenos de primeras cosas: el primer día de escuela, el primer mejor amigo, el primer beso, la primera aventura, la primera pelea… todo es nuevo y excitante. Nuestro cerebro está atento a prácticamente todo. Pero al envejecer esto ya no es requerido.

De aquí también parte el hecho de que si has tenido algunas vacaciones a lugares nuevos puedes apreciar de nuevo este fenómeno. En vacaciones cortas los días vuelven a ser largos. De repente hay mucho tiempo. ¿Qué hacemos en casa que no lo sentimos? Llega a ser una pregunta si te detienes a pensar un momento en el viaje.


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Dopamina de nuevo: su “tick tock” en nuestro "Reloj Interno"

La dopamina es un neurotransmisor altamente involucrado en sensaciones de placer y motivación. Pero va disminuyendo conforme envejecemos. Menos placer y menos motivación provocan que sintamos que el tiempo pasa más veloz, por el simple hecho de no estar atentos.

Los neurocientíficos están trabajando en esta teoría tratando de medir cómo fluctúa en nuestras vidas y de qué manera afecta nuestra percepción del tiempo y como “fluimos” a través de él. Sin embargo es difícil debido precisamente a la ambigüedad de cómo cada quien percibe el tiempo fuera de una medida estándar. No tenemos un medio cíclico sincronizado a la perfección con el pasar del tiempo.


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¿Podemos "ralentizar" el tiempo? La magia de detenerse.

Hasta ahora todo parece inevitable y malas noticias. De las distintas teorías que se manejan todas indican claramente algo: El tiempo está en contra.

Pero no todo está perdido. Hay maneras que han demostrado funcionar para modificar la percepción personalizada del tiempo -y de aquí que crea que la segunda teoría es laculpable”-.

  • Aprende algo nuevo: Un hobby. Una habilidad. Alguna clase o curso. Provoca algo diferente en tu vida.
  • Viaja a lugares desconocidos: No tienes que ir a otro país. Ni siquiera a otro estado. Simplemente ve a un lugar que no forme parte de tu rutina. Alguna calle cercana a tu casa por la que nunca has pasado. Otra tienda desconocida. Algún restaurante que no conocías. Sólo salte de lo habitual.
  • Cambia tus rutinas diarias: Usa tu mano menos dominante para tus tareas comunes algunas veces. Agarra otra ruta al trabajo o al lugar que visites asiduamente. Habla con alguien diferente de vez en cuando. Usa palabras nuevas.
  • Practica la atención plena (mindfulness): Estar presente en el momento, prestando atención a los detalles de nuestras experiencias, ayuda a "anclar" los recuerdos y a hacer que el tiempo se sienta más pleno y, por lo tanto, más lento.

¿Y por qué habríamos de buscar ralentizar el tiempo en lugar de simplemente aceptar que va ir in crescendo la velocidad de nuestras vidas?

Porque no importa qué tanto te guste ir rápido, todos necesitamos un descanso. Y a veces no es obvio que lo encontremos en aquello que requiere un poco de esfuerzo, pero ahí se esconde muchas veces lo que más necesitamos.


Diego Arquieta

Ingeniero, fotógrafo, escritor, lector, autodidacta, deportista.

Nací en Monterrey, México y desde pequeño he tenido una curiosidad insaciable, de ahí nace mi autodidactismo más puro, al necesitar constantemente aprender de todo.
Mis gustos son extremadamente variados, desde los cómics hasta Nietzsche; desde senderismo en la montaña hasta desarrollo web.
Busco en la vida una incesante mejora y la oportunidad de vivir nuevas y mejores aventuras mientras ayudo al mundo al lado de Belinda.