La soledad que nos acompaña

Image

De niño salía por las tardes a jugar con mis amigos que en aquel entonces eran mis vecinos. Estos a su vez, eran diferentes a mis amigos de la escuela. Aparte de ellos, tenía en mi familia a otros conocidos con los que compartía momentos e ideas. 

No era raro entonces que siempre hubiera alguien disponible, ya fuera para jugar, platicar o simplemente estar juntos pasando el rato. Había tanta gente alrededor que era de lo más normal. Hasta que crecí y me di cuenta de lo extraordinaria que es la juventud.

Hoy, como adulto, tengo suerte si alguien decide contestarme el mismo día algún mensaje. Nuestras herramientas y capacidad de comunicación han aumentado muchísimo prometiéndonos mayor cercanía entre nosotros y ha terminado generando precisamente lo contrario. Personas que desean no ser localizadas. Que piden no interactuar. Qué están hartas de socializar.

Es reconocido esto como un problema que se va acentuando en la vida conforme envejecemos. Tendemos a irnos aislando. De repente, las amistades que buscábamos a diario nos parecen distantes. Tenemos cada vez menos que decir. Nos agobian las multitudes.


Image

Teoría de la Selectividad Socioemocional (TSE)

Es tan común que no es raro que existan estudios al respecto. Es tan acultural este hecho que se da en prácticamente todo el mundo. Conforme crecemos, nuestro círculo social se reduce. En parte por nuestra decisión, en parte por las decisiones de los demás. 

Alguna veces tiene sentido. La edad nos va provocando hasta cierto punto algo de ansiedad al darnos cuenta que no estaremos aquí para siempre. Y nos hace priorizar a las personas con quienes sentimos más afinidad o creemos que existe mayor posibilidad de vivir algo significativo. Con quienes nos sentimos más compenetrados. Sacrificamos la multitud en orden de sentir cercanía. Aún cuando no están directamente relacionadas una con la otra.


Como dato curioso: estos estudios también han parecido indicar que existe una probabilidad alta de que este aislamiento sea provocado biológicamente como manera de defensa ante enfermedades, ya que nuestro sistema inmune va disminuyendo su eficacia al envejecer. Menos contacto con personas reduce el riesgo de contagios.


Image

Experimento: Pandemia

Sin embargo hace unos años ocurrió lo impensable: el mundo se sumió en una pandemia global. De repente, todos teníamos que ir a casa. Muchos trabajos se cancelaron. Muchos dieron facilidades para continuar desde el hogar. Otros dieron otro tipo de opciones. Pero en general tuvimos todos más tiempo personal. Ya sea por la carencia de tráfico, por el Home Office o directamente por baja laboral, tuvimos tiempo.

Y aunque estaba prácticamente prohibido juntarse en persona, se vio un incremento de la sociabilidad en general. Más conversaciones. Más interacción -aunque a distancia-. Más necesidad del uno por el otro. ¿Qué tal si realmente no es que busquemos filtrar amistades sino que nos falta tiempo? ¿Qué tal si no es el contagio sino la energía que no nos queda después del trabajo?

Las personas se aislaron, temerosas de morir por una enfermedad nueva, pero en general la sociedad se interconectó mucho más. Tal vez, sólo tal vez, necesitamos un respiro como sociedad. Dejar de preocuparnos por si llegaremos a fin de mes y con ese espacio emocional usarlo para acercarnos a las personas que amamos.


Image

La vida que nos abandona

Realizar ejercicio agrega no sólo salud, sino años de vida. Ser más constante con el mismo es más sencillo si nos acompañan que si lo hacemos solos. Y así, en una regla de tres, vemos que la soledad tiene un efecto directo en nuestra esperanza de vida. 

¿Para qué quiero vivir más? Es una pregunta que resuena mucho a mi alrededor últimamente. Gente que está de acuerdo con vivir poco. El cansancio del mundo actual ha hecho merma emocional y cuando me dicen algo así, me entristece. La vida es bella y es más fácil entender esto acompañado que en solitario.

Somos seres sociales. Nuestra salud, alegría y esperanza de vida se ven directamente afectados por esto. 

Envejecer no debería provocar un selectivismo más duro con nuestro entorno. Claro, madurar implica saber qué lazos cortar. Pero también cuáles mantener. Aún y con sus diferencias. No solamente por nosotros sino también por ellos.


Image

El tiempo deprisa

Yo sé que a veces no queda energía. Ni tiempo. Pero esforzarnos por mantener el círculo social lo suficientemente amplio debería ser una prioridad. No sólo por las ventajas personales, sino por el mero hecho de que la vida en compañía merece ser vivida. Que juntos es más sencillo tener experiencias positivas, retroalimentación y crecimiento.

Qué es más fácil encontrar un abrazo que nos sostenga en los momentos difíciles. Y una sonrisa que resuene en nuestra felicidad. No es una ley irrevocable de la vida, el envejecer y aislarse, podemos tomar el timón nosotros

  • Manda ese mensaje breve preguntando genuinamente por alguien que no has hablado en un tiempo. 
  • Invita a comer a alguien para ponerte al día.
  • Expande tu lista de invitados en tus cumpleaños.
  • Pregunta por cualquier medio que conozcas sobre cómo está alguien en su día.

Mantener el círculo social amplio no es difícil cuando recordamos cómo lo creamos por primera vez. Cuando nos damos cuenta que son personas igual que nosotros y que la mejor vía de comunicación siempre será la honestidad y empatía. 

Y así, detener un poco el tiempo y expandir un poco la alegría.


Image

De niño salía por las tardes a jugar con mis amigos que en aquel entonces eran mis vecinos. Estos a su vez, eran diferentes a mis amigos de la escuela. Aparte de ellos, tenía en mi familia a otros conocidos con los que compartía momentos e ideas. 

No era raro entonces que siempre hubiera alguien disponible, ya fuera para jugar, platicar o simplemente estar juntos pasando el rato. Había tanta gente alrededor que era de lo más normal. Hasta que crecí y me di cuenta de lo extraordinaria que es la juventud.

Hoy, como adulto, tengo suerte si alguien decide contestarme el mismo día algún mensaje. Nuestras herramientas y capacidad de comunicación han aumentado muchísimo prometiéndonos mayor cercanía entre nosotros y ha terminado generando precisamente lo contrario. Personas que desean no ser localizadas. Que piden no interactuar. Qué están hartas de socializar.

Es reconocido esto como un problema que se va acentuando en la vida conforme envejecemos. Tendemos a irnos aislando. De repente, las amistades que buscábamos a diario nos parecen distantes. Tenemos cada vez menos que decir. Nos agobian las multitudes.


Image

Teoría de la Selectividad Socioemocional (TSE)

Es tan común que no es raro que existan estudios al respecto. Es tan acultural este hecho que se da en prácticamente todo el mundo. Conforme crecemos, nuestro círculo social se reduce. En parte por nuestra decisión, en parte por las decisiones de los demás. 

Alguna veces tiene sentido. La edad nos va provocando hasta cierto punto algo de ansiedad al darnos cuenta que no estaremos aquí para siempre. Y nos hace priorizar a las personas con quienes sentimos más afinidad o creemos que existe mayor posibilidad de vivir algo significativo. Con quienes nos sentimos más compenetrados. Sacrificamos la multitud en orden de sentir cercanía. Aún cuando no están directamente relacionadas una con la otra.


Como dato curioso: estos estudios también han parecido indicar que existe una probabilidad alta de que este aislamiento sea provocado biológicamente como manera de defensa ante enfermedades, ya que nuestro sistema inmune va disminuyendo su eficacia al envejecer. Menos contacto con personas reduce el riesgo de contagios.


Image

Experimento: Pandemia

Sin embargo hace unos años ocurrió lo impensable: el mundo se sumió en una pandemia global. De repente, todos teníamos que ir a casa. Muchos trabajos se cancelaron. Muchos dieron facilidades para continuar desde el hogar. Otros dieron otro tipo de opciones. Pero en general tuvimos todos más tiempo personal. Ya sea por la carencia de tráfico, por el Home Office o directamente por baja laboral, tuvimos tiempo.

Y aunque estaba prácticamente prohibido juntarse en persona, se vio un incremento de la sociabilidad en general. Más conversaciones. Más interacción -aunque a distancia-. Más necesidad del uno por el otro. ¿Qué tal si realmente no es que busquemos filtrar amistades sino que nos falta tiempo? ¿Qué tal si no es el contagio sino la energía que no nos queda después del trabajo?

Las personas se aislaron, temerosas de morir por una enfermedad nueva, pero en general la sociedad se interconectó mucho más. Tal vez, sólo tal vez, necesitamos un respiro como sociedad. Dejar de preocuparnos por si llegaremos a fin de mes y con ese espacio emocional usarlo para acercarnos a las personas que amamos.


Image

La vida que nos abandona

Realizar ejercicio agrega no sólo salud, sino años de vida. Ser más constante con el mismo es más sencillo si nos acompañan que si lo hacemos solos. Y así, en una regla de tres, vemos que la soledad tiene un efecto directo en nuestra esperanza de vida. 

¿Para qué quiero vivir más? Es una pregunta que resuena mucho a mi alrededor últimamente. Gente que está de acuerdo con vivir poco. El cansancio del mundo actual ha hecho merma emocional y cuando me dicen algo así, me entristece. La vida es bella y es más fácil entender esto acompañado que en solitario.

Somos seres sociales. Nuestra salud, alegría y esperanza de vida se ven directamente afectados por esto. 

Envejecer no debería provocar un selectivismo más duro con nuestro entorno. Claro, madurar implica saber qué lazos cortar. Pero también cuáles mantener. Aún y con sus diferencias. No solamente por nosotros sino también por ellos.


Image

El tiempo deprisa

Yo sé que a veces no queda energía. Ni tiempo. Pero esforzarnos por mantener el círculo social lo suficientemente amplio debería ser una prioridad. No sólo por las ventajas personales, sino por el mero hecho de que la vida en compañía merece ser vivida. Que juntos es más sencillo tener experiencias positivas, retroalimentación y crecimiento.

Qué es más fácil encontrar un abrazo que nos sostenga en los momentos difíciles. Y una sonrisa que resuene en nuestra felicidad. No es una ley irrevocable de la vida, el envejecer y aislarse, podemos tomar el timón nosotros

  • Manda ese mensaje breve preguntando genuinamente por alguien que no has hablado en un tiempo. 
  • Invita a comer a alguien para ponerte al día.
  • Expande tu lista de invitados en tus cumpleaños.
  • Pregunta por cualquier medio que conozcas sobre cómo está alguien en su día.

Mantener el círculo social amplio no es difícil cuando recordamos cómo lo creamos por primera vez. Cuando nos damos cuenta que son personas igual que nosotros y que la mejor vía de comunicación siempre será la honestidad y empatía. 

Y así, detener un poco el tiempo y expandir un poco la alegría.


Diego Arquieta

Ingeniero, fotógrafo, escritor, lector, autodidacta, deportista.

Nací en Monterrey, México y desde pequeño he tenido una curiosidad insaciable, de ahí nace mi autodidactismo más puro, al necesitar constantemente aprender de todo.
Mis gustos son extremadamente variados, desde los cómics hasta Nietzsche; desde senderismo en la montaña hasta desarrollo web.
Busco en la vida una incesante mejora y la oportunidad de vivir nuevas y mejores aventuras mientras ayudo al mundo al lado de Belinda.