
El 15 de Marzo nos levantamos temprano y nos alistamos para subir de nuevo a la cumbre del Cerro de la Viga, en Arteaga, Coahuila. Es una montaña especial porque difiere mucho de las que están en la región de Monterrey. Es más alta, tiene un clima más frío y su vegetación es diferente, consistiendo en su mayoría de pinos y coníferas. Suele usarse como entrenamiento de media montaña para adaptarse a alturas mayores y poder subir los picos más altos del país.
Nuestra travesía tenía como motivo festejar en la montaña el cumpleaños de Orlando. Y ciertamente tuvo algo de fiesta la ida al cerro, ya que empezaba con sorpresas.
Habíamos checado el clima un día antes y se pronosticaban lluvias y tormentas eléctricas de manera localizada y a partir de mediodía, así que después de deliberar un rato entre Lupita, Belinda y yo, decidimos ir y si nos tocaba lluvia pues desayunábamos rico en el poblado cercano, de lo contrario el plan no cambiaba.
Pues en la mañana, no vimos de nuevo el pronóstico hasta que estábamos allá y vimos a la gente con sudaderas y pants. Oh, sorpresa, el pronóstico indicaba una temperatura actual de 10 y subir hasta 16. Belinda traía una sudadera, Lupita se puso una que Orlando tenía en la camioneta y él y yo nos reímos porque íbamos en short y manga corta deportivos, que como sabrán tienden a ser bastantes frescos. Sin embargo subir montaña da mucho calor y no creímos que fuera a ser problema mucho rato, además curiosamente el cielo estaba despejado con sólo unas nubes pequeñas y lejanas en el horizonte.

Para los que no han ido, La Viga se empieza a subir por una especie de calle rural al lado de una iglesia abandonada y unos ranchitos. El carro se deja ahí y empiezas el ascenso, que al principio parece relajado debido a que si bien está inclinado, la calle está muy regular. Sin embargo pasas la última reja de una casa que está ahí y se transforma el camino en vereda.
Durante la subida la mayor parte del tiempo estás en sombra, en parte por la forma del cerro y en parte por los árboles, que son muchos y muy altos. Belinda y yo habíamos tenido un día de mucho sol antes y nos costó un poco la deshidratada que traíamos. Lupita consiguió unos palos de ayuda para subir que siempre son muy útiles y habíamos llevado a Negrita, Blanquita y Pinky que se encontraban felices corriendo de aquí para allá. Sobre todo Blanquita que iba y venía a velocidad de caza, sin darse cuenta que nos esperaban aproximadamente 3 horas más de pura subida y las iba a resentir.
Nivel de ánimo al iniciar
Orlando
Lupita
Belinda
Diego
Negrita
Blanquita
Pinky
La Viga es famosa entre los estados del norte porque se usa como preparación para subir montañas más altas al sur, debido a que te permite ir acostumbrando y/o sintiendo los efectos de la altura en tu cuerpo. Cada persona reacciona diferente a la altura, a algunos La Viga no les llega a surtir efecto, a otros les provoca mareos, debilitamiento y cansancio en general, y a otros de plano los incapacita con la falta de oxígeno y no lo logran subir.
En lo personal, puedo sentir un efecto curioso estando cerca de la cima, siento que me falta el aire de manera mucho más rápida de lo normal. Aunque después de 3 horas de estar subiendo pudiera ser un efecto normal, como quiera se siente más intenso que en la montañas más bajas de la ciudad.

Ya en la cima, Belinda tuvo un ligero bajón, yo iba muy lento y Orlando andaba explorando un poco más a la derecha del camino. Las perras llegaron a echarse y a pedir agua y después de un rato empezó a llegar un poco más de gente.
Le cantamos las mañanitas a Orlando, si bien todavía no era su cumple, era el propósito de la subida. Y comimos. Y descansamos. Y contemplamos la hermosura de las montañas con un cielo dinámico que presagiaba ya un cambio.
Se empezaba a nublar, pero el sol nos pegaba duro todavía, las nubes cubrían montañas aledañas. Parecía que se cumpliría el pronóstico, pero calculé mal y supuse que no nos tocaría lluvia en el descenso. Intenté volar el dron pero por alguna razón perdía señal a cada rato y en un intento con un vuelo programado lo perdí, sin embargo seguía reaccionando al joystick del control y Belinda tuvo que ponerse en el papel de Capitán América para descenderlo.



Empezamos a descender ya pensando más en las gorditas que venden cerca que en otra cosa. Nos esperaban dos horas aproximadamente de camino, que, aunque fuese el mismo, era algo más molesto porque es muy resbaloso bajar. Hay mucha piedra suelta y tierra.
Varios de nosotros nos dimos unos sentones si soy franco, pero bueno, toda montaña tiene sus riesgos.
Sin embargo, conforme descendíamos no dejaban de molestarme piedras en mis zapatos.
Nivel de ánimo al bajar
Orlando
Lupita
Belinda
Diego
Negrita
Blanquita
Pinky
Momentos más tarde nos detuvimos de nuevo y Belinda inspeccionó a Blanquita que ya iba muy lento. La pobre tenía lastimada una patita, así que decidió llevarla en la mochila. Ajustamos las cosas entre las demás mochilas y continuamos bajando. El viento empezaba a soplar y a lo lejos se escucharon unos truenos.
Y yo que no llevaba con que cubrir mi mochila con el dron y demás cosas. Seguimos, ahora algo preocupados cuando las primeras gotas empezaron a caer; suaves, ligeras, resoplando a nuestro alrededor. El olor a pino emergió y lo llenó todo a nuestro alrededor. Me detuve un momento, adolorido en la planta de los pies... y a contemplar. Estaba ahí en una montaña, bajo la lluvia, cansado, acompañado de mi Memesina, las perruchas y mis amigos, rodeado de un clima fresco, con olor a naturaleza agradable. Pocas sensaciones pegan tan fuerte y tan dulce. Tomé un respiro y seguí.

Pero me iba frenando mucho, era mucho el dolor en mis plantas. Me fui quedando atrás. La lluvia se hacía granizo de a ratos. Mi mochila se mojaba más y más y no podía seguir el ritmo de los demás, pero tampoco quería parar porque el cielo era oscuro y parecía ponerse peor en cualquier momento.
Hasta que ya no pude y adolorido y frustrado en una piedra me detuve y me senté. Inspeccioné mis zapatos, estaban en mal estado por dentro. Rotos y con partes faltantes. Con piedras escondidas. Por eso mi malestar. Que error no haberlos checado antes de subir. Pero ya que, estábamos ahí. Y mientras mi deprimía mi mala suerte, escuché sus pasitos retroceder el camino andado hasta mi lugar. Negrita venía subiendo de nuevo, buscándome.
Me vio, se acercó, me olfateó, me pidió una caricia y se acostó a mi lado. Esperando conmigo. A pesar de llover. A pesar del agotamiento. A pesar de los truenos que se oían de repente.

Nos tomaron mucha ventaja en el camino, pero no importaba mucho. La lluvia empezó a amainar. Me puse sentimental. Creo que soy muy afortunado por conocer personas y animales increíbles y espero poder estar siempre a la altura de ellos.
Ahí en ese momento, Negrita me enseñó algo mayestático, un sentimiento de amistad/lealtad que me llenó el corazón. Porque nada le impedía continuar avanzando con Belinda, la conoce muy bien y la quiere igual. Y estaba ella mucho más cerca del refugio y la comida que yo. Pero nada de eso importó.
Y aunque el cumpleaños era de Orlando, creo que el regalo más grande ese día, lo tuve yo.


