De seguro te ha pasado: vas a tu cuarto, cansado luego de un día largo y apagas la luz, te tiras en la cama dispuesto a dormir, cuando de repente se escuchan canciones provenientes de la casa de un vecino. O suena el celular. O la nueva luz mercurial, blanca y poderosa entra groseramente en tu habitación. O se escucha un rechinido de llantas en la calle. O tu cargador de noche lanza una luz intensa sempiterna por la habitación.
No sé, pero lo cierto es que las noches calmadas y oscuras son un lujo en la ciudad. Cada vez más, conforme pasan los años, va en aumento la crisis de sueño de este nuevo siglo. Cada vez las personas duermen menos y peor.
Nos levantamos adoloridos, cansados, hartos, en lugar de empezar el día lleno de energía y descansado. ¿Por qué?
Nuestro cuerpo evolucionó en un mundo que prácticamente ya no existe. Donde no existían máquinas, ni luz artificial, ni contaminación; la fuente de luz nocturna más potente era la Luna y el cielo estrellado. Los ruidos más comunes los de los insectos, los árboles al vaivén del viento y ronquidos ocasionales.
Hoy, sin embargo, a veces no somos capaces siquiera de ver las estrellas por la luz mercurial que todo lo inunda en la ciudad. En nuestros bolsillos cargamos con un rectángulo de luz tan poderosa que hace unos años sería leyenda. En todos lados tenemos artificios que producen sonido: bocinas, celulares, televisiones, computadoras, carros, transformadores, etc.
No es raro, entonces, que cada vez la gente duerma menos y peor. No sólo eso, sino que nuestro ritmo de vida en si es completamente antinatural. Levantarse antes que el sol para ir a trabajar, salir al anochecer y desear vivir tu vida un rato mientras el sol se despide en la lejanía. Extiendes tus momentos conscientes lo más que puedes, le compramos horas al sueño que luego no podemos pagar.
Sólo nos queda tomar el control en la medida de lo posible: tapar esos foquitos de los aparatos que no necesitan estar prendidos siempre. Poner cortinas o persianas o algo que bloquee la luz y el sonido del exterior. Dejar el celular en silencio, luz al mínimo y de ser posible no agarrarlo por un tiempo antes de dormir. Y esperar a que los vecinos y la ciudad tenga misericordia y se aplaque un poco de manera cotidiana, para recuperar al menos un aspecto de las noches de antaño, para despertar alegres y sanos.
