
Recuerdo bien que el primer libro que leí fue pura casualidad. Yo estando en tercero de primaria, en un mundo pre redes sociales, cuando el acceso a internet requería de una sinfonía de ruidos raros y que nadie fuera a necesitar realizar alguna llamada por teléfono, desconocía el mundo. Lo que pasaba allá fuera, las tendencias, las creaciones, desastres y maravillas solo podían llegar a través de ecos por las noticias -una responsabilidad de las televisoras en la que siento que fallaron estrepitosamente. Y lo siguen haciendo-.
Así que cuando mi hermana llegó diciendo que había comprado el libro de Harry Potter yo no tenía ni idea de que era eso. Me lo enseña, me explica que todos andan desaforados y que hay 3 que han salido en México y que está planeando la autora sacar un 4.


Yo sé que todos hemos visto incontables veces (incluido en mis redes sociales) de los beneficios de la lectura. En México, fuera del centro del país, es un hábito raro. Se le desprecia mucho, se le considera una pérdida de tiempo y en la actualidad, con la epidemia de falta de concentración que existe, es incluso más difícil aún que alguien planee o piense siquiera en empezar.
Considero que esto en gran parte se debe a dos factores: Nuestra historia como país y nuestra deficiente Secretaría de Educación Pública.
México, después de la conquista, como gran parte de latinoamérica y demás países conquistados, quedó con una población en ruinas prácticamente. Más preocupados por la supervivencia que por otra cosa. Y no sólo eso, sino sin el atisbo de pensar que existe algo más. Es incuestionable que en situaciones extremas la prioridad siempre será la supervivencia, pero aquí es donde radica gran parte de la cuestión: ¿No sobrevive más y mejor la población con mejor entendimiento y conocimientos? Y, ¿No suele ser esta la que ha sabido transmitir de mejor manera esto, mediante la cultura y la escritura? Pero no saber que no sabemos algo se vuelve una barrera casi imposible de superar.

Adelantándonos en el tiempo a unos más cercanos, en donde se han realizado esfuerzos por alfabetizar a la población, no ha sido difícil ver que la planeación y la estrategia ha sido invariablemente deficiente. Es cierto que México se ha convertido en un país altamente alfabetizado en 50 años, en el cual se pasó de más de un cuarto de la población que no sabía leer ni escribir a menos de un 5% (y siendo la mayoría de este porcentaje población de la tercera edad).
¿Pero de qué sirve “saberlo” si no se práctica? Es como decir que sabes manejar por haber usado una sola vez el coche y no volver a hacerlo jamás. Si toca una emergencia, no habrá destreza, seguridad ni ganas de repetirlo. Ser capaces de realizar algo de manera excepcional - entendiendo excepcional como algo raro y de poca ocurrencias en el tiempo- no implica que tenemos dominio ni sapiencia en ello.
Aquí es donde se ha fallado estrepitosamente. En creer que porque se les dio las herramientas, sabrán utilizarlas. En poner el martillo sobre la mesa y pensar que todos tendrán la destreza para clavar, desclavar, romper, deformar, empujar, calzar o golpear de la manera correcta. No sucede así.

Llenar los espacios educativos con lecturas aburridas, sin sentido o demasiado complejas en un sector poblacional que apenas está descubriendo si les gusta o no es un fallo en toda regla. Desmotiva. Provoca repulsión.
Y a veces, uno podría incluso pensar que es con propósito. La ignorancia hace que la población sea más manejable, esto es un hecho. Desconocer, como en el mito de la cueva, tiene como consecuencia la no aspiración personal. El no tener conocimiento hace más difícil señalar injusticias y más fácil el saqueo de todo tipo. Aquel no puede nombrar algo, lo desconoce. Y tampoco lo puede comunicar.

Al período de la humanidad antes de que inventara la escritura se le conoce como prehistoria. Esto en si mismo, debería decirnos algo bastante obvio: Somos lo que escribimos y lo que leemos. Es algo tan importante para el Hombre que decidimos separar nuestro pasado y nuestro presente a partir de ese punto en específico.
Y es que, al día de hoy en donde tenemos llamadas, televisión, internet y demás, el libro sigue siendo la unidad informática más importante.

No es fácil pelear contra la sociedad y la cultura cuando están en contra. Lo sé bien.
Después de mi primer libro leído, descubrí un mundo de ambivalencias; de polarizaciones. Recibí elogios por haber terminado mi primer libro a tan temprana edad, pero también recibí rechazo a partes iguales. Nerd, ñoño, entre otras cosas se hicieron palabras más comunes hacia mi persona. Y si bien no considero que tengan inherentemente una connotación negativa, el tono y los modales indicaban otra cosa.
Lo más sorprendente para mi, fue el rechazo familiar. El como se me desalentaba esta nueva faceta de mi vida. Cuando seguí leyendo y descubrí el mundo de la ciencia ficción de las manos de Isaac Asimov, para mi empezó una etapa de devoralibros. No me podía detener. Llegué incluso a leer varios en un mismo día. En lugar de ver televisión -quiero decir, veía televisión como quiera, pero no me pasaba horas delante de ella- me la pasaba leyendo. Y recuerdo bien ser regañado por ello. Como se me decía que ya lo dejara. Que me iban a quitar los libros. Que me iban a castigar por leer demasiado. ¿Cómo era posible?
Maestros y adultos me alentaban a ello pero en mi casa no dejaban de decirme cosas negativas. ¿Qué tenía de malo? Nunca supieron decirme. Y yo, ya habiendo visto un poco del mundo, de su historia, de sus modos de pensar, me dije firmemente: Sin un motivo claro, lógico y con fundamentos, negármelo es una pendejada.

Así que seguí leyendo y hoy para mi, introspectivamente, es uno de mis triunfos más alegres. Para mi, intrínsecamente, es como la historia: Un antes y un después de la lectura y la escritura. Existe un Pre-Diego y un Diego. Y pude entender muchas cosas.
Hoy por hoy, considero que no existe otra cosa similar -ni siquiera que se le acerque- a una comunicación tan plena entre dos mentes. Es lo más cercano que tenemos a la telepatía. Es nuestra manera más directa de “conversar” con los muertos. De expandir nuestra voz a través del espacio y del tiempo.
No es raro que en gran parte de las distopías que se presentan en mundos de ficción sean los libros de los primeros atacados, censurados y desaparecidos. No es raro que dentro de nuestra historia real, hayan sido igualmente objetos de primera importancia en destruir ante la conquista de un nuevo territorio o el sometimiento de algún pueblo.

Y no es raro así mismo que sean parte importante de las historias de superación, libertad y crecimiento que han desarrollado a personas, naciones y culturas en el mundo. De como las sociedades más plenas son ávidas lectoras. De como personas como Frederick Douglas lograron no sólo su libertad, sino la de miles de personas.
Darle una oportunidad a este hábito no es sólo por cumplir. No es por hacerle caso a lo que dice. Ni por aparentar. No es ni mucho menos en un afán de impulsar ventas o cultura. No.
Es darte una oportunidad a ti mismo. Una muestra de cariño personal por ser una declaración de crecimiento, de importancia propia.
De conocimiento pleno.
De reconocimiento propio.


Recuerdo bien que el primer libro que leí fue pura casualidad. Yo estando en tercero de primaria, en un mundo pre redes sociales, cuando el acceso a internet requería de una sinfonía de ruidos raros y que nadie fuera a necesitar realizar alguna llamada por teléfono, desconocía el mundo. Lo que pasaba allá fuera, las tendencias, las creaciones, desastres y maravillas solo podían llegar a través de ecos por las noticias -una responsabilidad de las televisoras en la que siento que fallaron estrepitosamente. Y lo siguen haciendo-.
Así que cuando mi hermana llegó diciendo que había comprado el libro de Harry Potter yo no tenía ni idea de que era eso. Me lo enseña, me explica que todos andan desaforados y que hay 3 que han salido en México y que está planeando la autora sacar un 4.

Yo sé que todos hemos visto incontables veces (incluido en mis redes sociales) de los beneficios de la lectura. En México, fuera del centro del país, es un hábito raro. Se le desprecia mucho, se le considera una pérdida de tiempo y en la actualidad, con la epidemia de falta de concentración que existe, es incluso más difícil aún que alguien planee o piense siquiera en empezar.
Considero que esto en gran parte se debe a dos factores: Nuestra historia como país y nuestra deficiente Secretaría de Educación Pública.
México, después de la conquista, como gran parte de latinoamérica y demás países conquistados, quedó con una población en ruinas prácticamente. Más preocupados por la supervivencia que por otra cosa. Y no sólo eso, sino sin el atisbo de pensar que existe algo más. Es incuestionable que en situaciones extremas la prioridad siempre será la supervivencia, pero aquí es donde radica gran parte de la cuestión: ¿No sobrevive más y mejor la población con mejor entendimiento y conocimientos? Y, ¿No suele ser esta la que ha sabido transmitir de mejor manera esto, mediante la cultura y la escritura? Pero no saber que no sabemos algo se vuelve una barrera casi imposible de superar.


Adelantándonos en el tiempo a unos más cercanos, en donde se han realizado esfuerzos por alfabetizar a la población, no ha sido difícil ver que la planeación y la estrategia ha sido invariablemente deficiente. Es cierto que México se ha convertido en un país altamente alfabetizado en 50 años, en el cual se pasó de más de un cuarto de la población que no sabía leer ni escribir a menos de un 5% (y siendo la mayoría de este porcentaje población de la tercera edad).
¿Pero de qué sirve “saberlo” si no se práctica? Es como decir que sabes manejar por haber usado una sola vez el coche y no volver a hacerlo jamás. Si toca una emergencia, no habrá destreza, seguridad ni ganas de repetirlo. Ser capaces de realizar algo de manera excepcional - entendiendo excepcional como algo raro y de poca ocurrencias en el tiempo- no implica que tenemos dominio ni sapiencia en ello.
Aquí es donde se ha fallado estrepitosamente. En creer que porque se les dio las herramientas, sabrán utilizarlas. En poner el martillo sobre la mesa y pensar que todos tendrán la destreza para clavar, desclavar, romper, deformar, empujar, calzar o golpear de la manera correcta. No sucede así.

Llenar los espacios educativos con lecturas aburridas, sin sentido o demasiado complejas en un sector poblacional que apenas está descubriendo si les gusta o no es un fallo en toda regla. Desmotiva. Provoca repulsión.
Y a veces, uno podría incluso pensar que es con propósito. La ignorancia hace que la población sea más manejable, esto es un hecho. Desconocer, como en el mito de la cueva, tiene como consecuencia la no aspiración personal. El no tener conocimiento hace más difícil señalar injusticias y más fácil el saqueo de todo tipo. Aquel que no puede nombrar algo, lo desconoce. Y tampoco lo puede comunicar.
Al período de la humanidad antes de que inventara la escritura se le conoce como prehistoria. Esto en si mismo, debería decirnos algo bastante obvio: Somos lo que escribimos y lo que leemos. Es algo tan importante para el Hombre que decidimos separar nuestro pasado y nuestro presente a partir de ese punto en específico.
Y es que, al día de hoy en donde tenemos llamadas, televisión, internet y demás, el libro sigue siendo la unidad informática más importante.


No es fácil pelear contra la sociedad y la cultura cuando están en contra. Lo sé bien.
Después de mi primer libro leído, descubrí un mundo de ambivalencias; de polarizaciones. Recibí elogios por haber terminado mi primer libro a tan temprana edad, pero también recibí rechazo a partes iguales. Nerd, ñoño, entre otras cosas se hicieron palabras más comunes hacia mi persona. Y si bien no considero que tengan inherentemente una connotación negativa, el tono y los modales indicaban otra cosa.
Lo más sorprendente para mi, fue el rechazo familiar. El como se me desalentaba esta nueva faceta de mi vida. Cuando seguí leyendo y descubrí el mundo de la ciencia ficción de las manos de Isaac Asimov, para mi empezó una etapa de devoralibros. No me podía detener. Llegué incluso a leer varios en un mismo día. En lugar de ver televisión -quiero decir, veía televisión como quiera, pero no me pasaba horas delante de ella- me la pasaba leyendo. Y recuerdo bien ser regañado por ello. Como se me decía que ya lo dejara. Que me iban a quitar los libros. Que me iban a castigar por leer demasiado. ¿Cómo era posible?
Maestros y adultos me alentaban a ello pero en mi casa no dejaban de decirme cosas negativas. ¿Qué tenía de malo? Nunca supieron decirme. Y yo, ya habiendo visto un poco del mundo, de su historia, de sus modos de pensar, me dije firmemente: Sin un motivo claro, lógico y con fundamentos, negármelo es una pendejada.

Así que seguí leyendo y hoy para mi, introspectivamente, es uno de mis triunfos más alegres. Para mi, intrínsecamente, es como la historia: Un antes y un después de la lectura y la escritura. Existe un Pre-Diego y un Diego. Y pude entender muchas cosas.
Hoy por hoy, considero que no existe otra cosa similar -ni siquiera que se le acerque- a una comunicación tan plena entre dos mentes. Es lo más cercano que tenemos a la telepatía. Es nuestra manera más directa de “conversar” con los muertos. De expandir nuestra voz a través del espacio y del tiempo.
No es raro que en gran parte de las distopías que se presentan en mundos de ficción sean los libros de los primeros atacados, censurados y desaparecidos. No es raro que dentro de nuestra historia real, hayan sido igualmente objetos de primera importancia en destruir ante la conquista de un nuevo territorio o el sometimiento de algún pueblo.

Y no es raro así mismo que sean parte importante de las historias de superación, libertad y crecimiento que han desarrollado a personas, naciones y culturas en el mundo. De como las sociedades más plenas son ávidas lectoras. De como personas como Frederick Douglas lograron no sólo su libertad, sino la de miles de personas.
Darle una oportunidad a este hábito no es sólo por cumplir. No es por hacerle caso a lo que dice. Ni por aparentar. No es ni mucho menos en un afán de impulsar ventas o cultura. No.
Es darte una oportunidad a ti mismo. Una muestra de cariño personal por ser una declaración de crecimiento, de importancia propia.
De conocimiento pleno.
De reconocimiento propio.


Diego Arquieta
Ingeniero, fotógrafo, escritor, lector, autodidacta, deportista.
Nací en Monterrey, México y desde pequeño he tenido una curiosidad insaciable, de ahí nace mi autodidactismo más puro, al necesitar constantemente aprender de todo.
Mis gustos son extremadamente variados, desde los cómics hasta Nietzsche; desde senderismo en la montaña hasta desarrollo web.
Busco en la vida una incesante mejora y la oportunidad de vivir nuevas y mejores aventuras mientras ayudo al mundo al lado de Belinda.
