Nadie me quiere

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La verdad es que cuando fuimos a ver Wild Robot al cine no sabíamos prácticamente nada de ella y un par de horas después, unas lágrimas menos y unas palomitas consumidas salimos con una película que se asentó en el top de nosotros.

Hoy quiero hablarles particularmente sobre una frase de la misma. Una situación. Y aviso, se vienen spoilers así que procede si gustas pero advertido has sido.


Aviso, a partir de aquí vienen spoilers de la película

Durante toda la película se van dando situaciones que recaen en gran parte en la frase de: “A veces, para sobrevivir, debemos convertirnos en más que aquello para lo que fuimos programados”. El género de robots tiene mucho tiempo siendo usado para darnos las lecciones más profundas acerca de nuestra humanidad. Desde Asimov y Clarke, hasta Wall-E y Robot Salvaje.

Así vemos como un robot con inteligencia artificial que naufragó cuando el barco que lo llevaba como mercancía sufre un accidente se ve en la necesidad de aprender a no solamente interactuar con la naturaleza a su alrededor -la cual obviamente no entiende y para la que no fue programado- sino a tratar de entenderla y encontrar un motivo de estar ahí, pues esa es su programación.


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Obviamente es una película y el robot tiene una inteligencia artificial muy avanzada pero siempre dentro de los límites de la programación que trae en si, por lo que su objetivo principal es ser útil, cumplir tareas, realizar labores. Azares del destino le confieren la tarea de cuidar del ganso bebé que se ha improntado de ella al ser lo primero que ve al nacer. 

Pero realizar esta tarea prueba ser bastante más complicada, como siempre sucede con las tareas más simples, pues suelen ser las menos específicas.

Si bien los objetivos son claros y precisos: comer, nadar, volar para antes del invierno, las tareas que se requieren para llevarlos a cabo no lo son. En un reflejo de nuestra vida donde muchas veces sabemos lo que queremos pero no el cómo conseguirlo. Y esto se da bastante seguido en los roles que supuestamente debemos cumplir. Ser hermanos, amigos, padres/madres, compañeros. ¿Qué hace que cumplamos objetivamente con ello? ¿Qué labores, tareas, acciones nos avanzan en el camino correcto? Es difícil saberlo y como dicen en la película: nadie tiene idea de cómo hacerlo, así que improvisamos. 

Adaptarnos parece ser un mensaje importante. Pero dejaré de lado esto ya que he visto en muchos lados de internet que hablan de ello  y demás frases que se dan en la película, no así de la que realmente me pegó a mi. Teniendo algo de contexto, avancemos.

El invierno llega y todos los animales se han preparado para afrontarlo. Nidos, madrigueras, reservas de comida y demás están listos. Pero la naturaleza es aleatoria. No es cruel, pues no puede serlo, pero es siempre cambiante y ese invierno en particular resultó más duro que los demás. Las madrigueras no funcionaron. Los nidos se congelaron. Toda la isla estaba en apuros. Y por azares del destino, nuestro Robot protagónico Roz despierta en la casa que había construido y se encuentra al zorro Fink, quien al ver que su madriguera no resistió el frío decidió ir al único lugar seguro que conocía.


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Alertada por esto, Roz decide que es necesario salir a rescatarlos a todos y le pide ayuda a Fink para localizarlos. 

Fuera, en medio de la tormenta, Fink se queja y expone un argumento poderoso: si no ayudan, tendrán la isla para ellos solos. No peligros, no enemigos, recursos prácticamente ilimitados. Desconcertada por la propuesta, Roz le pregunta que cuál es su afán de eliminar a los demás habitantes de la isla a lo que responde lacónico: “Porque nadie me quiere”


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Fink es un zorro y es habitual que en el mundo de las películas se les retrate como seres inteligentes que regularmente nadie quiere porque sacan provecho egoísta a su agudeza mental. Aquí no es diferente.

Pero Roz, voltea con él y se acerca y le dice: “A mí tampoco, pero solo nosotros podemos ayudarles. La vida es muy curiosa” y después de unos breves instantes mirándose, proceden al rescate multitudinario.


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Las películas siempre se han tratado no sólo de entretener, sino de mandar un mensaje. Político, filosófico, humorístico, etc. Muchas veces, aparte del mensaje principal, van muchos secundarios. Los guionistas y directores saben que tienen un gran poder en sus manos cuando deciden realizar estos proyectos que alcanzarán a muchas vidas. Si bien son obras de ficción, lo que vemos y sentimos es real para nosotros. Nuestro cerebro no puede hacer estas distinciones.

Escrito así tal cual, no tiene mucho sentido: Un robot pensante y un zorro parlante deciden ser altruistas y arriesgar sus vidas por los demás habitantes que no los quieren en una isla remota víctima de un invierno extraordinariamente frío.

Pero escrito como es, cambia mucho: Dos seres deciden hacer lo correcto sin importar los riesgos porque saben que la vida de todos vale mucho más que los desacuerdos que han tenido.

Y es de este altruismo y empatía de donde realmente nacen los cimientos en los que podemos construir: un futuro más brillante, una mejor versión de nosotros mismos, un mundo mejor.


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La verdad es que cuando fuimos a ver Wild Robot al cine no sabíamos prácticamente nada de ella y un par de horas después, unas lágrimas menos y unas palomitas consumidas salimos con una película que se asentó en el top de nosotros.

Hoy quiero hablarles particularmente sobre una frase de la misma. Una situación. Y aviso, se vienen spoilers así que procede si gustas pero advertido has sido.


Aviso, a partir de aquí vienen spoilers de la película


Durante toda la película se van dando situaciones que recaen en gran parte en la frase de: “A veces, para sobrevivir, debemos convertirnos en más que aquello para lo que fuimos programados”. El género de robots tiene mucho tiempo siendo usado para darnos las lecciones más profundas acerca de nuestra humanidad. Desde Asimov y Clarke, hasta Wall-E y Robot Salvaje.

Así vemos como un robot con inteligencia artificial que naufragó cuando el barco que lo llevaba como mercancía sufre un accidente se ve en la necesidad de aprender a no solamente interactuar con la naturaleza a su alrededor -la cual obviamente no entiende y para la que no fue programado- sino a tratar de entenderla y encontrar un motivo de estar ahí, pues esa es su programación.


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Obviamente es una película y el robot tiene una inteligencia artificial muy avanzada pero siempre dentro de los límites de la programación que trae en si, por lo que su objetivo principal es ser útil, cumplir tareas, realizar labores. Azares del destino le confieren la tarea de cuidar del ganso bebé que se ha improntado de ella al ser lo primero que ve al nacer. 

Pero realizar esta tarea prueba ser bastante más complicada, como siempre sucede con las tareas más simples, pues suelen ser las menos específicas.

Si bien los objetivos son claros y precisos: comer, nadar, volar para antes del invierno, las tareas que se requieren para llevarlos a cabo no lo son. En un reflejo de nuestra vida donde muchas veces sabemos lo que queremos pero no el cómo conseguirlo. Y esto se da bastante seguido en los roles que supuestamente debemos cumplir. Ser hermanos, amigos, padres/madres, compañeros. ¿Qué hace que cumplamos objetivamente con ello? ¿Qué labores, tareas, acciones nos avanzan en el camino correcto? Es difícil saberlo y como dicen en la película: nadie tiene idea de cómo hacerlo, así que improvisamos. 

Adaptarnos parece ser un mensaje importante. Pero dejaré de lado esto ya que he visto en muchos lados de internet que hablan de ello  y demás frases que se dan en la película, no así de la que realmente me pegó a mi. Teniendo algo de contexto, avancemos.

El invierno llega y todos los animales se han preparado para afrontarlo. Nidos, madrigueras, reservas de comida y demás están listos. Pero la naturaleza es aleatoria. No es cruel, pues no puede serlo, pero es siempre cambiante y ese invierno en particular resultó más duro que los demás. Las madrigueras no funcionaron. Los nidos se congelaron. Toda la isla estaba en apuros. Y por azares del destino, nuestro Robot protagónico Roz despierta en la casa que había construido y se encuentra al zorro Fink, quien al ver que su madriguera no resistió el frío decidió ir al único lugar seguro que conocía.


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Alertada por esto, Roz decide que es necesario salir a rescatarlos a todos y le pide ayuda a Fink para localizarlos. 

Fuera, en medio de la tormenta, Fink se queja y expone un argumento poderoso: si no ayudan, tendrán la isla para ellos solos. No peligros, no enemigos, recursos prácticamente ilimitados. Desconcertada por la propuesta, Roz le pregunta que cuál es su afán de eliminar a los demás habitantes de la isla a lo que responde lacónico: “Porque nadie me quiere”


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Fink es un zorro y es habitual que en el mundo de las películas se les retrate como seres inteligentes que regularmente nadie quiere porque sacan provecho egoísta a su agudeza mental. Aquí no es diferente.

Pero Roz, voltea con él y se acerca y le dice: “A mí tampoco, pero solo nosotros podemos ayudarles. La vida es muy curiosa” y después de unos breves instantes mirándose, proceden al rescate multitudinario.


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Las películas siempre se han tratado no sólo de entretener, sino de mandar un mensaje. Político, filosófico, humorístico, etc. Muchas veces, aparte del mensaje principal, van muchos secundarios. Los guionistas y directores saben que tienen un gran poder en sus manos cuando deciden realizar estos proyectos que alcanzarán a muchas vidas. Si bien son obras de ficción, lo que vemos y sentimos es real para nosotros. Nuestro cerebro no puede hacer estas distinciones.

Escrito así tal cual, no tiene mucho sentido: Un robot pensante y un zorro parlante deciden ser altruistas y arriesgar sus vidas por los demás habitantes que no los quieren en una isla remota víctima de un invierno extraordinariamente frío.

Pero escrito como es, cambia mucho: Dos seres deciden hacer lo correcto sin importar los riesgos porque saben que la vida de todos vale mucho más que los desacuerdos que han tenido.

Y es de este altruismo y empatía de donde realmente nacen los cimientos en los que podemos construir: un futuro más brillante, una mejor versión de nosotros mismos, un mundo mejor.


Diego Arquieta

Ingeniero, fotógrafo, escritor, lector, autodidacta, deportista.

Nací en Monterrey, México y desde pequeño he tenido una curiosidad insaciable, de ahí nace mi autodidactismo más puro, al necesitar constantemente aprender de todo.
Mis gustos son extremadamente variados, desde los cómics hasta Nietzsche; desde senderismo en la montaña hasta desarrollo web.
Busco en la vida una incesante mejora y la oportunidad de vivir nuevas y mejores aventuras mientras ayudo al mundo al lado de Belinda.