Interstellar

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Vivimos una era dorada en muchas cosas y una de ellas es el cine. No sólo por contar con la tecnología para elaborar salas aisladas del mundo exterior con sonido envolvente y pantallas enormes repletas de cómodos asientos y con una amplía variedad de alimentos -al menos en México- sino también por la libertad creativa y capacidad técnica en cuanto a los realizadores de películas. Lo que hace algunos años era simplemente imposible de mostrar en una pantalla, hoy ya no lo es. Y así, el poderío de las historias puede alcanzar casi el infinito cuando se conjugan la creatividad, la pasión y el compromiso por entregar algo que no solamente entretenga, sino que eleve a la persona. Así podemos empezar a hablar de Interstellar.

Y es que no es sorpresa que hace unos años una película así hubiera sido prácticamente imposible. Mostrar a las personas flotando en el espacio o naves espaciales cayendo sobre un agujero negro es algo que la tecnología reciente ha permitido que pase de la mera imaginación a imágenes para todos. Interstellar es un prodigio técnico no solamente por la capacidad visual, sino por el uso de la ciencia para elaborar sus escenarios. 

En gran parte me atrevo a decir que esto es uno de los principales culpables de que nos sintamos cómodos viéndola: entendemos que lo que sucede es algo que podría suceder. 


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La ciencia ficción suele ser demeritada porque pareciera que se construye en “un terreno donde todo puede pasar”. Esto es así principalmente en la mala ciencia ficción, la que no tiene un respeto por lo que ya existe. El género cuando se hace correctamente no es para romper lo preestablecido, sino para soñar con lo que pudiera ser. Aún y cuando esto involucre viajes en el espacio y agujeros de gusano.

Nos resulta mucho más fácil procesar que es posible cruzar de un punto del espacio a otro de manera casi instantánea que creer en un ser humano sin errores o relaciones perfectas. Una, hasta donde sabemos, es prácticamente posible. La otra es un sueño guajiro. Y poder distinguir entre una y otra es lo que termina marcando el fenómeno cultural que terminó siendo Interstellar. Porque el punto principal no es realmente salvar la humanidad ni poder viajar por el espacio, no. El punto principal es el amor entre padre e hija y una promesa tan difícil de cumplir. 

El espacio es simplemente un adorno, una estética y un acompañamiento que sintoniza con la historia principal. Llegar hasta donde nadie más ha llegado arriesgándolo todo impulsados por el amor. Por no sólo regresar con los que amamos, sino por hacer todo lo posible por su bienestar.


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Es aquí donde interstellar termina resonando con el espectador más que otras películas de ciencia ficción. Nos da la oportunidad de adentrarnos en los personajes, porque reconocemos el peso de las promesas, de las dificultades del amor y del porvenir. No sabemos nada del espacio ni de las consecuencias de atravesarlo, pero sabemos todo sobre promesas, amar y extrañar.

Tan es así que el tremendo soundtrack que creó Hans Zimmer para la película lo hizo desconociendo la trama de la misma. Lo único que le dijo Nolan fue que era una cinta sobre un padre y su hija y que tendrían dificultades para reencontrarse.

De ahí que se sienta orgánico. Es una odisea, si. Están perdidos en el espacio, si. La humanidad está al borde de la extinción, si. Pero lo que nos mantiene en vilo… Lo que nos preocupa y atenaza nuestros sentimientos es la promesa. Todo lo demás es un adorno, que nos hace ver únicamente que el amor es lo único que somos capaces de percibir que trasciende las dimensiones del tiempo y del espacio.


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Vivimos una era dorada en muchas cosas y una de ellas es el cine. No sólo por contar con la tecnología para elaborar salas aisladas del mundo exterior con sonido envolvente y pantallas enormes repletas de cómodos asientos y con una amplía variedad de alimentos -al menos en México- sino también por la libertad creativa y capacidad técnica en cuanto a los realizadores de películas. Lo que hace algunos años era simplemente imposible de mostrar en una pantalla, hoy ya no lo es. Y así, el poderío de las historias puede alcanzar casi el infinito cuando se conjugan la creatividad, la pasión y el compromiso por entregar algo que no solamente entretenga, sino que eleve a la persona. Así podemos empezar a hablar de Interstellar.

Y es que no es sorpresa que hace unos años una película así hubiera sido prácticamente imposible. Mostrar a las personas flotando en el espacio o naves espaciales cayendo sobre un agujero negro es algo que la tecnología reciente ha permitido que pase de la mera imaginación a imágenes para todos. Interstellar es un prodigio técnico no solamente por la capacidad visual, sino por el uso de la ciencia para elaborar sus escenarios. 

En gran parte me atrevo a decir que esto es uno de los principales culpables de que nos sintamos cómodos viéndola: entendemos que lo que sucede es algo que podría suceder. 


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La ciencia ficción suele ser demeritada porque pareciera que se construye en “un terreno donde todo puede pasar”. Esto es así principalmente en la mala ciencia ficción, la que no tiene un respeto por lo que ya existe. El género cuando se hace correctamente no es para romper lo preestablecido, sino para soñar con lo que pudiera ser. Aún y cuando esto involucre viajes en el espacio y agujeros de gusano.

Nos resulta mucho más fácil procesar que es posible cruzar de un punto del espacio a otro de manera casi instantánea que creer en un ser humano sin errores o relaciones perfectas. Una, hasta donde sabemos, es prácticamente posible. La otra es un sueño guajiro. Y poder distinguir entre una y otra es lo que termina marcando el fenómeno cultural que terminó siendo Interstellar. Porque el punto principal no es realmente salvar la humanidad ni poder viajar por el espacio, no. El punto principal es el amor entre padre e hija y una promesa tan difícil de cumplir. 

El espacio es simplemente un adorno, una estética y un acompañamiento que sintoniza con la historia principal. Llegar hasta donde nadie más ha llegado arriesgándolo todo impulsados por el amor. Por no sólo regresar con los que amamos, sino por hacer todo lo posible por su bienestar.


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Es aquí donde interstellar termina resonando con el espectador más que otras películas de ciencia ficción. Nos da la oportunidad de adentrarnos en los personajes, porque reconocemos el peso de las promesas, de las dificultades del amor y del porvenir. No sabemos nada del espacio ni de las consecuencias de atravesarlo, pero sabemos todo sobre promesas, amar y extrañar.

Tan es así que el tremendo soundtrack que creó Hans Zimmer para la película lo hizo desconociendo la trama de la misma. Lo único que le dijo Nolan fue que era una cinta sobre un padre y su hija y que tendrían dificultades para reencontrarse.

De ahí que se sienta orgánico. Es una odisea, si. Están perdidos en el espacio, si. La humanidad está al borde de la extinción, si. Pero lo que nos mantiene en vilo… Lo que nos preocupa y atenaza nuestros sentimientos es la promesa. Todo lo demás es un adorno, que nos hace ver únicamente que el amor es lo único que somos capaces de percibir que trasciende las dimensiones del tiempo y del espacio.


Diego Arquieta

Ingeniero, fotógrafo, escritor, lector, autodidacta, deportista.

Nací en Monterrey, México y desde pequeño he tenido una curiosidad insaciable, de ahí nace mi autodidactismo más puro, al necesitar constantemente aprender de todo.
Mis gustos son extremadamente variados, desde los cómics hasta Nietzsche; desde senderismo en la montaña hasta desarrollo web.
Busco en la vida una incesante mejora y la oportunidad de vivir nuevas y mejores aventuras mientras ayudo al mundo al lado de Belinda.